La procesión y los vigueses

VIGO

IN VICUS | O |

05 ago 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

YA ha llegado la Semana Grande de Vigo. Ningún otro evento social de esta ciudad, ni siquiera el ascenso del Celta a Primera División, es capaz de atraer a tanta gente como la procesión del Cristo de la Victoria. Ya sea por devoción, tradición o curiosidad, miles de vigueses y foráneos, vuelven a visitar la Concatedral, rendir homenaje al Patrón de Vigo observar a las masas de fieles que acompañan a la imagen durante su recorrido e, incluso, los más devotos, a caminar durante horas delante o detrás del Cristo para lograr un favor o cumplir una promesa. La atracción que sigue ejerciendo el Cristo de la Victoria lejos de disminuir aumenta con el tiempo y, ello, a pesar de encontrarnos en una época en la que la creencia religiosa ha dejado de ser lo que era. Mucho han cambiado las cosas en las últimas tres décadas. A nadie se le escapa que confluyendo con el paulatino proceso democratizador de nuestro país se ha producido una relajación en el fondo del concepto que justifica la participación en la procesión. A la mayoría ya no le impulsa el fervor religioso de sus abuelos ni, por supuesto, su fe, sin embargo, aún queda ese atávico vestigio, mezcla de tradición y costumbre, que impele a acudir a esta cita anual. Es como si precisásemos cerciorarnos de que, al margen del ritual, la emoción que embarga a aquellos que realizan el recorrido y a los que, alcanzada la Puerta del Sol, desafinan cantando su himno sigue transmitiéndose más allá del tiempo y las circunstancias. Una vez al año, vigueses de todo tipo y condición, dejan atrás todas sus diferencias y se unen para rezar, algo que, no por regular, deja de ser un poco extraño.