ANTÍPODAS | O |
30 jul 2005 . Actualizado a las 07:00 h.NO lejos de esta urbe han levantado una cabaña en un nogal, pequeña pero arregladita, como se contaba en La Voz. La casa en el árbol más conocida es la de Tarzán, personaje que si aún no ha caído en las garras de la corrección política, caerá un día de éstos. Pues no sólo explotaba a Jane para la cosa de las tareas domésticas. También a la mona Chita, que a cambio de apatrullar la selva en su ir y venir por las lianas, sólo recibía un plátano. Ni siquiera dos, que era el mínimo estipulado para la supervivencia en tiempos del desarrollismo, y razón por la cual crecimos algunos con bocadillos de plátano y chocolate, fuera para bien o para mal. Chesterton imagina una constructora de casas en los árboles en su Club de los Negocios Raros. Eran altísimos olmos, si no recuerdo mal, desde los que olvidar los negocios pedestres. La cabaña en el árbol, que suele ser juguete para niños, se podía convertir en un retiro para adultos. Para que al ver los asuntos desde las ramas, no se perdieran en ellas. Y que al estar en el árbol, éste no les impidiera ver el bosque. La vacación ideal para políticos aquejados de mal de bajura, o empantanamiento entre clichés falsos y tontunos. Por ejemplo, es la fiesta del Apóstol y el alcalde de Compostela se marca un discurso sobre el terrorismo en el que dice que las injusticias sociales son su caldo de cultivo, raíz o causa. Justamente acababan de poner una bomba en Santiago. Si dos y dos son cuatro, hay en su ciudad o su entorno grandes injusticias. ¿Cuáles? ¿Qué lleva el caldo? Es un caso para ponderar desde una cabaña en las alturas. Para decirle al menda de turno: anda, al árbol.