El ídolo en la sombra

| PABLOS |

VIGO

ESTOS días próximo pasados en Galicia son históricos no sólo para sociólogos y politólogos sino para psicólogos que tengan el privilegio de acercarse a Manuel Fraga y analizar su estado de ánimo tras su inútil victoria en las elecciones autonómicas. Porque su egocentrismo, su autoritarismo y habitual intolerancia, en él tan naturales como en su tan citado Castelar era el énfasis, habrán sufrido un revés que alterará hasta lo agónico su ritmo cardíaco. Antaño, recuerden, la calle, es decir, España entera, era suya. Probó a demostrarlo y fracasó dos veces. Refundó su partido, designó un sucesor, el hoy olvidado Hernández Mancha, y se vino a Galicia, como ciertas especies animadas buscan el lugar donde al fin reposarán para siempre. Surgió, de su mano también, el inefable Aznar, y cuando el nuevio líder nacional se hartó de imitarle, abandonó para dejarle la patata caliente a Mariano Rajoy. Y aquel chico educado, buen hijo de familia, excelente estudiante y mejor opositor, se vio obligado a la intemperancia y el exabrupto secundando órdenes mientras compartía, claro que a la fuerza, palestras con esos inclasificables seres que son Aceves y Zaplana. Fraga era el ídolo de su región. Hasta trató de aprender la lengua vernácula de la tierra que le había visto nacer. E invariable en su talante, hizo, y sobre todo deshizo, durante casi una generación en el refugio al que se había autodestinado. Allí, era invencible. Allí, disponía, ordenaba, imponía, entre viajes constantes e inauguraciones mil de cualquier cosa a la que le invitaran. Durante varios lustros. Mas el tiempo, que es inexorable, avanzaba. Y las nuevas generaciones ya no razonan como la mayoría de esta Galicia envejecida, cuando repetían los ancianos que si ni votaban a Fraga les quitaban la pensión. Y además, aquellos por los que tanto se molestó el líder, los gallegos de la diáspora, le salieron respondones, como la criada del dicho popular. No merece el anciano tanto desaire. Quien se cree iluminado de los dioses debería morir con el poder en su arbitrio.