VIGO despachó en el último decenio cuatro sesudos planes de tráfico que prometían un poco de calma en la histérica circulación local. Por alguna de estas biblias y sus mandamientos se pagaron más de cien millones de las antiguas pesetas. Los venerables proyectos se tradujeron en decenas de cambios de direcciones, ampliaciones de las redes semafóricas y apelaciones al buen sentido de las gentes para el uso del transporte público. Ni los sabios redactores ni los políticos desconocían la terca realidad. Sólo con grandes inversiones se arregla un tráfico caótico. Superada la era de los túneles (que algo han solucionado), la ciudad amanece ahora al siglo XXI con la receta definitiva. El metro subterráneo será tan costoso como eficaz. Y no sólo para la movilidad local, sino también como germen de una futura red ferroviaria de cercanías que nos hace tanta falta como el comer. Caro, sí, pero rentable.