IN VICUS
31 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.ES una alegría comprobar cómo la naturaleza, ayudada por la mano del hombre, consigue sobrevivir en esta ciudad caótica y contaminada. Desde el viejo tilo de Villa Laura, salvado de la tala gracias a la insistencia de un ciudadano que consiguió que fuera trasladado a un emplazamiento próximo al suyo original y, de cuyas viejas y podadas ramas han surgido brotes nuevos, al regenerado césped de amplias zonas del Castro, todo indica que ha llegado la primavera. Sin embargo, en este afán por mejorar, los pocos espacios verdes que tenemos en el casco urbano, no siempre se acierta. Así, la Alameda, terreno conquistado por nuestros antepasados a la vorágine constructiva de la burguesía de finales del siglo XIX, vuelve a sufrir su enésima remodelación en el último cuarto de siglo y no parece que se haya "atinado" en cuanto a la elección de las especies arbóreas. A pesar de que, la peatonalización de la zona, se está realizando con la "sana" intención de mejorar la estética y la calidad de vida, tanto de los que viven allí como de los que nos acercamos para disfrutar de nuestros ratos de ocio, la prevista plantación de palmeras no parece la idónea en un entorno atlántico como el nuestro. Puede que la silueta de la palmera sea elegante pero es un árbol ralo que no da sombra y que sólo crece en busca de sol. Aunque la palmera se haya adaptado bien a la climatología gallega su porte ligero y elevado no puede llegar a compararse en cuanto a belleza y frondosidad ni a nuestros autóctonos castaños y robles ni a los importados magnolios y camelios. Si a ello añadimos el coste de cada ejemplar, uno se pregunta con qué criterio se ha tomado esta decisión.