ANTÍPODAS | O |
28 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.JUAN MARSÉ es uno de los grandes escritores contemporáneos. Sus novelas, a diferencia de muchas que ocupan las mesas de novedades, se leen sin que le entren a uno ganas de cerrar el libro. Aunque esto es muy subjetivo. No hay más que ver los peñazos que se meten algunos entre pecho y espalda. Hace tiempo que no releo a Marsé, pero me gustaba. Y ahí prefiero dejarlo, no vaya a ser. Pero lo suyo es literatura, sutil categoría a la que no pertenece todo lo que se presenta como tal. Pensaba que Marsé era catalán, de Barcelona para más señas. Y lo es. Pero no a efectos literarios, según acaba de dictaminar el parlamento de allá. Ha decidido que a la Feria del Libro de Francfort vayan sólo escritores en catalán. Así que ni Marsé ni otros entrarán en el club de invitados a esa Feria. Una amputación a la literatura catalana de esas que alegremente practica la elite allí dominante. Lo justificarán, si se molestan en hacerlo, que lo dudo, diciendo que Marsé puede ir por España. Pero, ¿no es acaso catalán? ¿Es que el español no forma parte de la cultura catalana? Ahí damos con hueso, con tabú. Con el mito y la pretensión de pureza. Y con el victimismo: la lengua oprimida que necesita compensación. Mito sobre mito. Y subvención. Aquí ocurrió algo así a la muerte de Cela. Tampoco era gallego a efectos literarios para algunos. Ni Valle-Inclán. No sé cómo se las arreglan con Rosalía y su obra en castellano. Un lío así tiene Eduardo Mendoza, que escribe en catalán y en español, según qué cosas. El cuco de Marsé dice que sólo podrá ir Mendoza a la Feria dividido, bien de cintura para abajo o de cintura para arriba. En cuanto a él, pasa. Que les aproveche, ha dicho.