ANTÍPODAS | O |
16 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.EL OTRO día en la playa habían plantado una bandera. Era la bandera gallega con una estrella roja. Y es que algunos siguen considerando presentable la estrella que hubo en el Kremlin, la que iluminaba con su resplandor, casualmente del mismo color que la sangre que se derramaba en su nombre, aquel y otros lugares del orbe. Así que continúan incrustándola en la bandera, cuando podían poner, ya metidos en estrellas, una de mar, inofensiva y muy nuestra, sin ser exclusiva. Ondeaba, pues, la bandera en la esquina de la playa sin que se supiera bien si alguien la había dejado allí por olvido o como se dejan banderas en la cumbre del Everest y hasta en la Luna. Otra posibilidad es que la enseña perteneciera a quienes tomaban al sol a su vera. Era una declaración de identidad política muy particular, que quedaría más fina en el patio de la casa y el balcón de cada cual. Pero hay quien lleva la bandera por delante y, como antaño los soldados, quiere con ella apropiarse de territorio. Asombra siempre que los que quemarían, si pudieran, todas las banderas españolas, se revelen, sin embargo, tan amigos de las banderitas, y se exalten y emocionen tanto con ellas. Con las suyas, claro está. Si alguien en la playa hubiera colocado la roja y gualda, no habría durado nada. Es sabido que en España la única bandera que no se puede poner es la española. Si se pone, es a riesgo de cada cual. Esto da mucha risa si se mira desde lejos. Pero de cerca resulta triste. Más triste aún si se mira hacia el Norte, hacia el País Vasco, donde este domingo se celebran elecciones en las condiciones de siempre: falta de libertad, coacción y amenaza para aquellos que se reconocen en la bandera constitucional. closadafernandez@yahoo.es