CONTRASTES | O |
31 mar 2005 . Actualizado a las 07:00 h.SEAMOS comprensivos y vistamos ropón de pope ruso para que por su anchísima manga puedan entrar cuantos componen la casi inabarcable nómima de «Vigueses distinguidos», ya que el Ayuntamiento, año tras año y desde hace bastantes, no tiene inconveniente en que la honorífica distinción alcance a cuantos son y a quienes, por aquello de lo pintoresco, lo emotivo o «entrañable», se añaden o integran. No es lo malo todos los que están, sino los que teniendo méritos sobrados, han sido olvidados o simplemente pospuestos para mejor ocasión. Por ejemplo, Félix Santamaría, por cuya habilísima gestión, hace ya medio siglo, se estableció Citroën en Vigo cuando iba a hacerlo en Pamplona y ya constaba así en el BOE. Por ejemplo, Xosé Luis Méndez Ferrín, el escritor vivo gallego de más proyección internacional. Por ejemplo, Antonio Quesada, acaso el mejor paisajista español actual, y sin duda el más innovador en género plástico tan tradicional. Y con él, su colega Leopoldo Varela, con muchos años de gloriosa carrera u obra en numerosos museos. Y por ejemplo, también, Maximino Queizán, historia viva del teatro en Vigo, autor, actor, director, animador de grupos escénicos y defenestrado de la dirección de la Escuela Municipal del género, viva poco tiempo, porque nació tocada del ala, y muerta de un estacazo absurdo, propio de celos partidistas y del consabido y rechazable «quítate tú, que me pongo yo». Podríamos continuar hasta el infinito, porque el suma y sigue sería interminable a poco que estrujemos la memoria. Lo cierto es que el Concello olvida a distinguidísimos vigueses que ni siquiera son «vigueses distinguidos», aunque sean ya famosos por sí mismos.