ANTÍPODAS | O |
22 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.HACE muchos años, en un viaje en coche en dirección a Venecia, nos asombró a los que íbamos, que en las autopistas del sureste francés hubiera letreros que llamaran la atención del viajero hacia «los paisajes de Cézanne» que podían admirarse desde allí, paisajes que en aquella época, era el mes de febrero, presentaban tupidos macizos de mimosas florecidas. Hay que ver, nos dijimos como tantas otras veces, cómo valoran los franceses sus paisajes y sus mimosas, y que poco caso les hacemos en España. Eran otros tiempos, y han cambiado muchas cosas, pero aún carecemos de esa especie de seguridad y orgullo algo insolentes con que Francia vendía su paisaje. Las mimosas, que en esta época abren su flor amarilla, como preludio de los soles primaverales que han de abrir otras, son aquí tan abundantes, que tal vez por eso se las tiene en poca consideración, como, por otra parte, a todas las flores silvestres. Cuando uno va en tren de Vigo a Ourense por la ribera del Miño, las mimosas florecidas caen como cataratas de color hacia el río y captan el ojo del viajero que se moleste en mirar por la ventanilla, y digo moleste porque hay que hacer un esfuerzo para apartar la vista de los otros entretenimientos que se le ofrecen en el interior. El otro día observé que en el Castro ya habían florecido las pocas mimosas que quedan. ¿Qué ha sido de ellas, de las que ya no están? Tal vez sucumbieron en los temporales, o fueron cortados los árboles porque no se confiaba en que no cayeran. Pero se repuebla el parque con otras especies, no con mimosas. Y es de lamentar, pues son, por decirlo en plan cursi, los heraldos de la primavera. Los primeros que sacan algo de color en la cara del invierno. Yo, en fin, echo en falta más.