Lo que vale la pena

| YASHMINA SHAWKI |

VIGO

QUE la manera de divertirse los jóvenes ha cambiado mucho en las dos últimas décadas es algo que, los que aún no somos muy «mayores» observamos con cierta sorpresa. La sustancial y sustantiva mejora de nuestro nivel de vida y, el acceso sin restricciones a medios que, hasta hace bien poco, no hubiéramos podido siquiera soñar, han provocado que nos subamos de forma irracional al tren consumista. Víctimas de una sociedad mejor nutrida pero fría, en la que las relaciones humanas son rápidas e inestables, los jóvenes vigueses han creado su propia forma de socializar. Frente aquellos, que constituyen un grupo privilegiado a quienes sus padres pueden darles el dinero suficiente para afrontar los gastos de los, cada vez más caros, saraos nocturnos, la mayoría ha optado por «compartir sus magros» recursos bebiendo grandes cantidades de alcohol a bajo precio. Al margen de los daños que, para su salud supone tal ingesta, sobre todo, teniendo en cuenta que su cuerpo aún está formándose, el resultado de tan sucia y ruidosa diversión, transforma en un pegajoso «campo de batalla» aquellos lugares donde se reúnen, obligándonos a los sufridos vigueses a soportar las consecuencias no sólo durante la fiesta sino también la «mañana después». ¿Y para qué? No hace tanto tiempo la práctica de algunos deportes, la formación en algunas artes o la adquisición de libros y discos resultaba una tarea compleja que se asumía con alegría porque el interés y la vocación eran fuertes. Hoy que la oferta es amplia y de fácil acceso parece que ya no interesa. Los jóvenes «pasan» y prefieren «pastar» y beber borreguilmente en plazas y parques. ¿Será que sólo vale la pena lo que cuesta obtener?