Eifman, genio del Ballet

PABLOS

VIGO

CONTRASTRES | O |

18 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

AUN es posible la antigua inefabilidad del Ballet, el espectáculo acaso más bello y espiritual creado jamás. Boris Eifman, formado en las mejores escuelas rusas, procedente del Bolshoi y del Kirov, lleva sus coreografías por el mundo, formando a sus bailarines con el más exquisito rigor. Y de paso, elige diseñadores de decorados y vestuario dignos de León Bask o Benois. Es decir, de los que hubiera demandado Diaguilev, cuando sorprendió al Occidente europeo, y después a América, con el prodigio de Nijinski y Karsavina. El «Don Juan», sobre la obra de Molière, que trajo al teatro del Centro Caixanova, es mucho más que una versión de la exquisita pieza del dramaturgo francés. Porque reúne imaginación, narrativa, plasticidad. Y exige de los bailarines no sólo los modos clásicos, sino la acrobacia y elasticidad que se pide al ballet moderno, a la danza artística actual. Con música de dos compositores, Mozart y Berlioz, el coreógrafo y director ruso, cuyo talento bordea lo genial, si no es que incide totalmente en él, monta un espectáculo prodigioso de ritmo, plasticidad y sorpresa, incorporando referencias del pasado que van desde la pintura de Watteau a los carnavales de Venecia y llega al Barroco y al Neoclásico en determinados cuadros populistas. Eifman y su Ballet Theatre hacen amar al género, gozán dolo por entero.