¿De quién es la vida?

| ARMANDO G. FREIRÍA |

VIGO

CUARTO OSCURO

28 oct 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

MAR ADENTRO. Última película de Amenábar. También el lugar a donde Sanpedro, imaginariamente, vuela desde las cárceles de su cama y su cuerpo. Puede que al destino a donde, definitivamente, quiera ir. Mar adentro. Siempre mar (la mar) femenina. Esa madre que, según el propio Ramón, nunca se equivoca con sus hijos cuando la impulsa el amor. La justicia, más que en las leyes, está en unos ojos espumosos como olas meciéndose en vaivenes que nos miran desde mar adentro, buscando, encontrando y aliviando almas doloridas. La génesis de la voluntad de Ramón fue la libertad. El concepto ético y filosófico de libertad. Reclamó poder disponer, en contra del Estado, de la Justicia y de la Iglesia, de su propia conciencia que, los anteriores, en un ejercicio erróneo del derecho de autoridad, le usurparon. Le bastó su misma conciencia para decidir y disponer sobre lo que poseía: la razón. Pero sin moralizar, sin pretender ser ejemplarizante. No reclamó la eutanasia para los demás en sus mismas circunstancias. Sólo para sí, que la libertad es individual antes que colectiva. El derecho a la vida no es un bien abstracto. Se concreta en las condiciones, cualidades y calidades en que esa misma vida se hace efectiva. Y qué vida es aquella en la que uno está imposibilitado de poder actuar acorde con sus decisiones y aún ideas si éstas no afectan más que a sí mismo. Un creyente, por su fe en Dios, está armado para soportar mejor el dolor considerado bien como justo castigo, bien como ejemplaridad moral. La resistencia al dolor, así, transita de dentro (yo) hacia fuera (Dios) por intermediación de la Iglesia que ofrece consuelo espiritual. Pero Ramón, en la lógica de su razón, opera al contrario: busca dentro de sí el modo de liberarse del sufrimiento porque entiende que nadie puede negar a otro su derecho a no sufrir un dolor incurable. Porque Dios no querrá su sufrimiento, pero lo permite o, como dice la ciencia, Dios sí existe, se manifiesta poco. En su libro Cartas desde el infierno , Ramón sostiene que, para la renuncia a la propia vida, en la persona deben darse previamente dos condicionantes: Que esté capacitada para elaborar un juicio de valor sobre el sentido de la vida y los vínculos entre derechos personales y colectivos, y que esté capacitada para comprender el valor de su vida individual y las consecuencias de renunciar a ella voluntariamente. Ramón consideraba que mantener en los individuos el temor al castigo por actuar libremente llega a ser la forma más eficaz de dominarlos si bien, en un pensamiento Socrático, matizaba «prefiero sufrir la injusticia antes que cometerla». Y aquí, a mi juicio, se produce una colisión insoslayable cuando en libertad Ramón opta por una muerte digna y requiere, atrapado por su cuerpo muerto, la colaboración de terceros. Este conflicto, superado en la realidad, que no en la ficción, con la prestación anónima de la ayuda demandada, supone la cesión en sus creencias de los prestatarios al anteponer su amor y respeto a la decisión del propio Sampedro. Parece claro que el límite de la conciencia de uno está allí donde colisiona con la libertad de otros para ejercer ese mismo derecho. La eutanasia, en personas con capacidad para decidir es, ante todo, un asunto de conciencia y libertad individual, lo que no impide, bien al contrario impulsa, el debate social y político previo a la norma legislativa en aras a la prevención de posibles tipos delictivos y las necesarias garantías para el ejercicio de un derecho individual por el que el Estado debe, también, velar. Porque, al final, ¿de quién es la vida?