Ración de bocina

ALBERTO MAGRO

VIGO

DE CABEZA | O |

13 sep 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

NADA como una ración de bocinazos para superar la caraja. Que ya se acabó el verano, y la realidad manda. No hay más treguas. Ni siestas junto al mar, ni cafés a pie de playa, ni periódicos sin políticos. La realidad ya está aquí, preparada para machacar al incauto, vacilar al optimista y estresar a todos. Yo me di cuenta ayer. Tardé casi quince días de septiembre en volver al mundo de la gente enfadada, ese en el que caminamos serios porque sí, en vez de sonreir porque también. Una sarta de bocinazos me sacó del ensueño, logrando arrancarme de la tranquilidad que ni siquiera la última entrega de Gran Hermano me había logrado sacar. Eran las cuatro y la calle García Barbón recordaba al hormiguero de conductores que es. Allí estábamos todos: el de la caraja de las vacaciones, el repartidor de pizzas que culebrea entre los coches, el taxista que saca merecida tajada del caos, el autobusero indiferente, el oficinista impaciente, el del tunning y la música para todos, el novato del coche calado y, como no, el pesado impertinente. Ese último individuo, al que secundaron otros cuantos de la misma pandilla, decidió que la mejor forma de solucionar un atasco de kilómetro era abrirme el tímpano en canal. No lo consiguió, pero me destrozó igual. Me quitó los últimos restos de arena playera que me quedaban en las sandalias. Y de paso me arrojó al Vigo nuestro de cada día. Hoy les iba a contar algo divertido y relajante, pero el de la bocina a flor de piel me ha cortado las alas. Por su culpa sólo puedo pensar en planes generales polémicos, asesinatos resueltos y sin resolver, cortes de tráfico, elecciones de partido político y contaminación acústica. Realidad, ruido, y disgustos. Gracias, bocinero, me acordaré de tí hasta el próximo verano.