ANTÍPODAS | O |
21 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.A VIGO le está pasando lo que yo observaba en Madrid: hay unas zonas en las que se concentran los turistas, que fuera de ellas pasan desapercibidos. Allá más que acá, sobre todo, en los últimos años, en que la cantidad de extranjeros que viven en la capital española se ha multiplicado no sé por cuánto, pero por mucho. Medida la relación forastero/autóctono en un vagón de metro, puede salir diez a uno, a favor de los primeros. Pero ese es otro cuento. Lo clásico, el turismo estacional, flota cual espuma de oleaje y se reúne allí a donde le conducen las corrientes. Y ese lugar, aquí, es la Piedra. El mercado de la Piedra es como la Kaaba, la piedra negra que se custodia en la Meca, pero sin creencias religiosas de por medio. Lo único que cree el visitante, es que allí puede encontrar algo que le interesa a buen precio, y a ello va con entusiasmo. La fama de este mercado ha debido traspasar nuestras fronteras, seguro que merecidamente. Y si a uno le para un forastero para preguntarle alguna dirección, diez contra uno, a que quiere ir a la Piedra. Visto el flujo y reflujo de gentes que concitan el mercado y sus aledaños, el centro comercial previsto donde estaba Sanidad Exterior, no parece un proyecto absurdo. No me había parecido mal la propuesta del Concello: no hacerlo y montar unos jardines. Por no erigir nuevos obstáculos entre la ciudad y el litoral. Pero no comparto los prejuicios contra los centros comerciales que pudieran estar tras esa opción. Éstos animan el trajín de la vida en las zonas, o insuflan vitalidad a las que están de capa caída. Uno instala un centro comercial en el páramo y al poco, han crecido casas y tiendas a su alrededor. El mercado y su magnetismo.