El sofá del presidente

ARMANDO G. FREIRÍA

VIGO

CUARTO OSCURO | O |

23 jun 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

EN ESTE CALUROSO y bendito verano -dice un amigo mío-, entrever el escote de una mujer es como asomarse a un precipicio y no pensar en nada que no sea suicidarse. Cierto que también dice que con su porte, pellejo sobre huesos carcomidos por destilerías de alcohol puestas en fila, su intelecto estancado en Zarra y Marcelino, su coche remiendo de otros muchos que pacen en desguaces olvidados, su salario mínimo y su edad máxima y conociendo que su legado serán los últimos veinte años de hipoteca, es probable que la única mujer a la que pueda aspirar lleve muerta hace más de un siglo y la relación carnal entre ambos se limite a un chute de polvo, a la vera de un cementerio sin viento. Dice mi amigo que tuvo épocas de mejor ver aunque siempre le acompañó la mala suerte y su peor sentido. Así, llegó a enamorarse de mujeres verdaderamente espectaculares pero que ni repararon en él salvo para que les portease las maletas o abriese las puertas de lujosos coches que conducían hombres peores que él pero con mucha más fortuna. Por el contrario, las mujeres a las que llegó a gustar o bien pretendían un sexo con crucifijo en medio, una relación de amigos o le costaban una pasta que le fundía el sueldo. Él nunca fue ahorrador pero siempre tuvo en el wisky y en el gin tonic sus debilidades, en acompañar a infinidad de dueños de tugurios de mala muerte en el acto místico del cierre y contribuir, como nadie, al nivel de vida de pianistas de segunda y, puestos a ser previsores, nada como el alcohol para evitar los gastos que al final conlleva la incineración. La soledad, en todo caso, esa bestia que nunca se harta de roer, es menos soledad al fin y al cabo sin la compañía de una mujer. Ayer, mi amigo, estaba pletórico. Convertido, ¡ por fin !, en ganador ante los matrimonios y parejas que en el mundo son. Bill Clinton, durante su etapa como Presidente de EE UU y por un quítame allá esa Lewinski, hubo de dormir en el sofá por que a su esposa no le causó « Hilaridad» el manoseo con la becaria. El sofá, lo sabe bien por terceros, es el mejor amigo del hombre emparejado. El mueble indispensable para la supervivencia marital. Él, sin mujer que lo desarrope, nunca lo ha necesitado.