El turista aseado

CRISTINA LOSADA

VIGO

ANTÍPODAS | O |

19 jun 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

EL TURISTA con veteranía sabe de eso. Y divide las ciudades en dos grupos: aquellas en las que hay aseos públicos y aquellas en las que no. En éstas, lo pasa mal. Pues el turista es una criatura callejera como pocas. Unos padecen más que otros; todo depende de la capacidad de aguante y de la cara que se le eche al asunto. En Compostela abundan los del último tipo y algunos hosteleros se quejan del uso que de sus servicios o toilettes, lavabos o urinarios, hace el personal forastero, que allí es más abundante que aquí. Hay bares que han puesto carteles disuasorios y otros barajan ponerle precio al paso por el váter. Todo ello es algo injusto, sobre todo, en una ciudad que vive del turista. No quieren recibir de él más que la guita. No consideran que, a lo mejor, ya le están cobrando el uso del servicio. En las urbes turísticas, los precios astronómicos de cualquier cosa, deben incluir el desgaste de los váteres. Pero del otro lado, cuando es el Ayuntamiento el que pone los aseos, vía concesionaria, uno paga. Era preferible el sistema tradicional, que aún pervivía hasta hace poco, por lo menos, en el Retiro: unos servicios con cuidador, al que se le paga la voluntad al salir. Es un sistema de la economía vieja y obsoleta, pero humano. No debe pelearse uno con una máquina ni temer que le deje encerrado dentro. Claro que, ¿quién querría ahora ese puesto? No sé si sobrevive en Vigo alguna cabina cilíndrica de las que pusieron hace unos años. El Ayuntamiento santiagués dice que no pone aseos públicos porque no coordinarían bien con el entorno monumental. Unos se pasan y otros no llegan. Aquí, no llegamos. No hay más que ver los decrépitos aseos de Samil, y los que no hay en el Castro. closadafernandez@yahoo.es