EL APOSTOLADO DEL MAR
14 jun 2004 . Actualizado a las 07:00 h.LA noticia del naufragio de un pesquero nos sacude con una mezcla de fuertes expectativas de dolor, esperanza e indignación, pero también de contemplación y reflexión. Pasados los primeros momentos, el conocimiento del suceso y sus antecedentes nos ofrecieron la información de que el O Bahía, un pesquero al parecer en buenas condiciones de navegación y con la tripulación responsable, había sufrido este naufragio que les provocó la mar. El hundimiento del buque con todos sus tripulantes, sin esperanzas de vida, nos mostró la cara de la tragedia. Sus familias: esposas, hijos, padres, hermanos... sabrán muy bien de la profundidad de ese dolor y de esa ausencia para siempre de sus hogares y en sus vidas. El sufrimiento había llegado con fuerza y la esperanza pronto se desvaneció. Sabemos que no hay palabras que puedan aliviar esta pena, pero podemos decir que sufrimos con todas estos hermanos, ante este destino que les ha tocado vivir y que amenaza con naturalidad a las gentes de la mar. Es verdad que estos acontecimientos despiertan la sensibilidad de todos nosotros, amigos, medios de comunicación y sociedad en general y estos es un buen síntoma para la solidaridad y sus consecuencias. Pero este despertar tiene distintos matices y está teñido de indignación cuando se conocen las realidades del trabajo de la mar, unas realidades inherentes al medio en el que se desarrolla y otras, con calidad medieval, por la falta de escrúpulos de sus autores. Se van sin un respeto a su dignidad y esta vez con el oportunismo político en época de elecciones, ante una sociedad sensible a la publicidad y a las palabras vacías que no se traducen en compromisos de responsabilidad. Es el momento de recordar que en la mar no hay una ley laboral que proteja a los trabajadores y los convenios colectivos entre empresarios y sindicatos, donde los hay, son una basura deshumanizadora, sin un plus de peligrosidad en un trabajo de grave riesgo. ¿Dónde están las inspecciones a la salida de los buques y durante la marea? Porque no hay vigilancia, el silencio de la mar todo lo encubre: la inseguridad producida por la fatiga y sus consecuencias (más de 20 horas diarias de trabajo, lance tras lance, porque hay que llenar las bodegas que arrinconan la habitabilidad), sin un salario garantizado, sin vacaciones y sin un reparto equitativo de las ganancias: empresario, patrón de pesca, tripulación (un chantaje profesional); ausencia de medios de seguridad y salvamento (chalecos fáciles para el trabajo, medios para el salvamento a bordo, botiquines), etc. Las condiciones del trabajo de la mar son un bochorno para una sociedad como la nuestra, que ha alcanzado ciertos niveles de bienestar. De todo ello muchos tendrían que estar avergonzados: los intocables empresarios, los sindicato liberados para defender al trabajador y los responsables políticos, que tienen la obligación de establecer una legislación y hacerla cumplir; pero todo seguirá igual, porque al poder económico no ha llegado quien lo quiera eliminar y la justicia social en el trabajo de la mar no se contempla. Desde el voluntariado se seguirá trabajando; denunciando esta esclavitud y pidiendo a la sociedad que nos respalde con su firma, para la instalación de una caja negra de control en todos los buques y el respeto a la vida familiar.