OPINIÓN | O |
20 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.VECINOS revoltosos del vigués Polígono de Coia utilizaron los cortes de tráfico como arma peligrosa para exigir la construcción de puentes que les permitieran cruzar la calle con tranquilidad. Empezaba la década de los 80. Eran años de agitación ciudadana en los que cualquier reivindicación destemplada contaba con el beneplácito de una buena parte de la población. Coincidieron con una injustificable oposición a la instalación de Alcampo, el comienzo del desmantelamiento de la construcción naval, y una profunda crisis en Citroën que hicieron temblar a media Galicia. La algarada callejera impuso su ley, y el Ayuntamiento instaló los viaductos peatonales tan vehemente deseados por los vecinos. Veinte años después, los puentes de la discordia vegetan muertos de risa. ¿Si casi no se usan, para qué sirvieron aquellas violentas manifestaciones y tantos sustos de infarto sufridos por ocupantes de vehículos? Transeúntes temerarios siguen atravesando los setos que delimitan ambos sentidos de la circulación. Se muestran como asaltantes emboscados que irrumpen en la calzada de improviso, como un gesto cruzado y fatal del destino. Cuando escasea la luz provocan frenazos chirriadores y virajes bruscos de atónitos automovilistas. Transitar por las Avenidas de Castelao y Europa se ha convertido en un riesgo constante de siniestro mortal. Si los conductores son multados por aparcar tres minutos en paralelo a un contenedor, sin entorpecer el tráfico, no puede permitirse que peatones irresponsables pongan en riesgo la vida de los demás. El caso de Coia es un ejemplo lamentable de la impunidad que protege a los viandantes, como si fuesen las únicas víctimas de un tráfico tenso y caótico en excesivas calles. Sólo los conductores parecen virtualmente culpables antes, incluso, de cometer cualquier presunta infracción.