NATUREZA DE AQUÍ E DE ALÍ
31 oct 2003 . Actualizado a las 06:00 h.En la tarde del 22 de mayo de 2003, aprovechando que el mar estaba en su punto más bajo y el viento en calma, pasé, en un pequeño bote de remos, a la isla Estela de Terra, frente a la costa de Monteferro, con la intención de realizar un censo de nidos de gaviota patiamarilla Larus cachinnans, pues hacía algún tiempo que no la visitaba. La isla, aparece totalmente cubierta por tojales que impiden o dificultan en gran manera la prospección. En total, conté 127 nidos. Hasta aquí, todo normal en aquel apartado lugar de la ría de Baiona que tiene enfrente, aunque a distancia, la visión grandiosa de los cantiles de Cíes. Seguramente, a lo largo de mi vida habré visto, nido arriba, nido abajo, más de 50 mil nidos de gaviota, pero nunca encontré en ninguno de ellos un corcho de red sustituyendo uno de los huevos de la puesta. Y esto fue lo que sucedió en aquella isla. Uno de los nidos que tenía dos huevos, albergaba en su interior un pequeño corcho de red, de forma que suplía el tercer huevo que constituye la puesta más normal de la gaviota patiamarilla. Por supuesto, el corcho fue colocado de manera expresa por alguno de los miembros de la pareja y formaba parte de su tesoro más preciado y, seguramente, si el viento y la lluvia no se llevaron el nido después de estos meses, anclado con todo cuidado entre la grieta de una roca, estará sobre la plataforma de algas donde las gaviotas lo dejaron amorosamente. Cuando lo vi, me paré un instante junto a él para fotografiarlo y mientras me amparaba como pude de las pasadas agresivas de los progenitores que defendían con bravura su propiedad, me vino a la cabeza, ante aquella insólita visión, las muchas cosas inútiles que los hombres acaparan, también, a lo largo de la vida y que no les valdrán absolutamente para nada. Porque, si una cosa hay inservible en la vida de una gaviota es un corcho en su nido, que, además, impidió la puesta de un tercer huevo, pues la hembra, ante su visón redonda y coloreada, debió considerar que como madre ya había cumplido, ya que su hogar tenía la puesta más normal: tres hermosos huevos de buen tamaño. Después, mientras me habría paso entre las zarzas y las aliagas como podía, para seguir con el recuento de la población nidificante antes de que el sol se pusiera, seguí dándole vueltas al asunto y me vino a la memoria la última vez que me trasladé de casa y el montón de trastos que tuve que dejar, porque nunca, a lo largo de la vida me sirvieron para nada, aunque su posesión, en algún momento, me colmó de absurda felicidad.