UN simple silogismo bastaría para justificar el puñetazo en la mesa del alcalde: 'El BNG se dejó pisar por un PSOE desleal con el pacto de gobierno/ Las urnas castigaron a Castrillo/ El Bloque trataba de devolverle las zancadillas al alcalde nacionalista/ Mariño prefirió pisar antes de ser pisado'. Explicado el argumento, a este peliculón le falta por escribir un desenlace. Aunque Vigo subsistió acostumbrado a las alcaldías hechas con retales, y la única experiencia de un gobierno en mayoría absoluta reventó por dentro, la ciudad descubre ahora un nuevo escenario. A Pérez Mariño le toca pactar sus propuestas o estrellarlas contra un muro. Un alcalde con poca paciencia A bote pronto, el alcalde no ha demostrado demasiada paciencia con aquellos que le llevan la contraria. Hasta el momento se desenvolvió entre codazos para hacerse un sitio en el Concello. Ya lo ha encontrado. A partir de hoy le toca demostrar que sabe utilizarlo, que tiene mano izquierda y que es capaz de negociar votos para sacar adelante un programa. Eso, o fracasar. El gobierno resultante es complejo y nace herniado por los flancos. Pero tampoco la coalición que le precedió hacía méritos para el aplauso. El futuro de la ciudad no está hoy más amenazado que ayer. Otra vez a trompicones. Pendiente de pinzas y de alianzas. Abierto a cualquier barbaridad política... Vigo en estado puro.