El miedo a las alturas

| SERAFÍN OCAÑA EIROA |

VIGO

SALVO en actuaciones muy puntuales, Vigo no ha sido una ciudad que se haya podido beneficiar de la edificación en altura. Por ello es comprensible la desconfianza con que ha sido recibida la noticia de que el futuro PGOM podría permitir la construcción de edificios de entre 15 y 30 alturas. Sin embargo, no conviene condenar tajantemente un tipo de construcción, de evidentes beneficios sociales, sin antes conocer su ubicación en el mapa urbano de la ciudad. La principal ventaja de la construcción en altura es la posibilidad de liberalización de suelo a su alrededor para uso y disfrute ciudadano. Aplicada de manera equilibrada y estratégica, este tipo de construcción aporta evidentes oportunidades a una ciudad, como Vigo, tan escasa en lugares de esparcimiento para sus habitantes. Lamentablemente los vigueses no han podido beneficiarse plenamente de su rentabilidad social. En su ciudad se mezclan dos tipos de desarrollo urbano: el europeo o tradicional, que tiene sus orígenes en la Edad Media, en donde viviendas y talleres artesanos se mezclaban bajo un mismo techo y que, con el tiempo, ha dado lugar al barrio; y el que podemos llamar americano o de edificación aislada. Este último modelo, basado en la comunicación motorizada, se desarrolló a lo largo del siglo XX en los Estados Unidos de forma paralela a la industria automovilística. A diferencia del desarrollo urbano europeo, que combinaba servicios y viviendas en un mismo espacio urbano, el modelo americano implicaba la creación de pequeñas lagunas de población, que podían gozar o no de servicios en sus inmediaciones, pero que disfrutaban de grandes espacios abiertos al aire libre. No hay en definitiva que tener miedo a este tipo de desarrollo urbano. Pero sí es necesario que esta ciudad demuestre la capacidad crítica necesaria para decidir su correcta ubicación. El miedo a las alturas, sencillamente, carece de sentido.