OPINIÓN | O |
14 jul 2003 . Actualizado a las 07:00 h.La ilusión de la mayoría de los alcaldes de pueblo es hacer de sus pequeñas localidades una ciudad. Para ello, el primer paso consiste en urbanizar todo aquello que pillan por delante: viñedos, huertas, jardines, arbolado o, simplemente, matorrales. Todo vale. Los caminos de tierra son sustituidos por cemento, hormigón armado, viales estrechos y contundentes aceras. La siguiente actuación pasa por renegar de las viviendas unifamilares y apostar por los chalés adosados o los grandes bloques de pisos. Eso, a juicio de los políticos de pequeños núcleos, es la mejor señal de progreso y de haber conseguido mantener el tipo ante la tendencia generalizada a la despoblación. El paso siguiente es la saturación de vehículos, atascos, doble fila y, en definitiva, el caos. Como consecuencia, antiguos eslóganes como: Villaquijada, la naturaleza a tus pies , se transforman en Villaquijada, camino de ser ciudad. Para completar el periplo sólo faltan pequeños detalles como locales de copas, garitos de trapicheo, y sobre todo, accidentes de tráfico. Una vez conseguidos, nada diferencia a los pequeños pueblos de las grandes ciudades. Es más, han logrado superarlas. Mientras que, los políticos de algunas aldeas se empeñan en promover urbanizaciones, en cargarse la naturaleza y en crear barreras arquitectónicas, en las ciudades peatonalizan espacios, construyen aparcamientos subterráneos, eliminan vehículos, reducen siniestros y humanizan barrios. A este ritmo, el escaso ganado que queda en el entorno rural tendrá que trasladarse a la gran urbe para oler una planta.