ANTÍPODAS | O |
03 may 2003 . Actualizado a las 07:00 h.LA lectura de los resúmenes de la XX Semana Galega de Filosofía de Pontevedra me embarcó en un viaje al pasado. Estoy en los setenta, en el bar de la facultad, descubriendo la religión del marxismo y la misión revolucionaria. ¡Qué maravilla, una teoría que da cuenta de toda la realidad habida y por haber! Tanto, que si aquella se le resiste, la amolda a golpe de gulag, deportaciones, cárceles y ejecuciones. Cien millones de muertos se sabe que lleva la doctrina prodigiosa a sus espaldas, además de la miseria y la privación de libertad que han padecido y padecen muchos otros humanos. Todo ello por su bien, claro. Esa es la piedra de toque de la teoría: sus proclamadas buenas intenciones redimen todos los fracasos y justifican todos los crímenes. Incluidos los de Fidel Castro. Así, la guinda de una Semana intelectualmente paleolítica, salvo rara excepción, fue una declaración de apoyo a un régimen que acaba de mancharse de nuevo de sangre y de castigar la libre expresión. Se coló el oprobio con una vieja cantinela estalinista: criticar a Cuba, como antes a la URSS o hace poco al Irak de Sadam, es «hacerle el juego al enemigo». El enemigo siempre son países donde, a diferencia de los citados, hay derechos y libertades, qué casualidad. Uno tiende a ser indulgente con sus propios errores y quizá por ello excuso que hace treinta años y bajo una dictadura, me obnubilara una doctrina que promete liberación y produce esclavitud. Aún se podía pecar de ignorancia, creer que el mal no estaba en la teoría, sino en sus ejecutores. Pero ya pasó ese tiempo. Bueno, no en ciertos cónclaves, que a cuenta del «enemigo», revuelven autocomplacientes la olla rancia, incapaces de pincharle al chorizo de la ideología una sola aguja crítica, no vaya a desintegrarse.