CUARTO OSCURO ARMANDO G. FREIRÍA | O |
23 abr 2003 . Actualizado a las 07:00 h.VIGO bien vale un viaje en autobús. Comencé a utilizar el transporte público no con la intención de descubrir nuevas perspectivas de la ciudad, una recién hallada conciencia ecológica o aún el integrarme como parte de un grupo social en espera de serle de utilidad a algún sociólogo ocioso. Lo mío no fue, lo confieso, un acto cívico sino de supervivencia bélica. Harto de sobrevivir entre tanta zanja, socavón y valla como proliferan en esta ciudad y utilizar, indistintamente en armónica conjunción, el idioma de Cervantes o el de Castelao para acordarme de la madre que parió a quienes han hecho de Vigo un campo de batalla minado que se traga coches enteros, decidí que el precio de un billete de autobús es un coste razonable para que sea su conductor el que brame en arameo y acabe en un psiquiátrico después de fusilar su salario en antidepresivos. Así, en un asiento individual, con la vista pérdida fuera del cristal que es un modo de verse para adentro, las manos encallecidas sobre el pantalón de mahón, las suelas de sus botas gastadas de caminar entreteniéndose, la boina calada para disimularse todo él, le descubrí por vez primera hace años. Y así le seguí viendo, cada día, hasta anteayer. Le supuse un hombre sólo, viudo, sin hijos, jubilado. Sin más orgullo que el de recordarse tal y como fue alguna vez y sin otra ocupación que el viajar siempre en el mismo autobús, en igual trayecto y horario. Para verificar que la vida, lo mismo que él, está sujeta a idénticas rutinas. En su asiento vacío, que ningún viajero quiso usurpar, alguien depositó un clavel, la flor de los muertos. Hoy he visto su esquela mortuoria y me he enterado de su nombre y apellidos, de su edad, de su calidad de ex empleado de una empresa textil, de que tenía esposa, hijos, nietos y nueras que, en una larga lista, dicen no le olvidan y ruegan una oración por su alma. Triste que, de su vida, me hable su muerte.