Una pertinaz lluvia imprimió una velocidad inusual a la primera procesión de la cuaresma y diezmó la habitual presencia de niños y palmas en la Porta do Sol
13 abr 2003 . Actualizado a las 07:00 h.La duda sólo cabía en los menos devotos o habituales de la clásica procesión con la que se conmemora la entrada de Jesús en Jerusalén a lomos de la más famosa de las acémilas. Ni la lluvia ni la desagradable climatología impidieron ayer el recorrido de la procesión de «la Borriquilla» desde el templo vigués de María Auxiliadora a la Porta do Sol y de allí a Santiago de Vigo. Pero eso sí, el pertinaz aguacero condicionó la cita religiosa. Menos trajes nuevos de lo habitual, menos padres y menos niños. Las veinte mil almas que el pasado año se concentraron bajo los rayos solares en la plaza que homenajea al astro rey, ayer obviaron la cita al doblar el agua su fervor. Unos cientos de personas, seiscientas, mil a lo sumo, esperaron a la llegada de la imagen y la bendición de las palmas y ramas de olivo a cargo del párroco de Santiago de Vigo. Mientras, el cofrade mayor y presidente de los comerciantes radiaba por la megafonía la situación de la pequeña procesión en su descenso hasta el centro de la ciudad.El conjunto religioso llegó rápido, algo más incluso que el ritmo que marcaban los tambores. El desarrollo de la clásica representación de la llegada de Jesús también fue veloz. Pero la prisa, de verdad, se registró cuando la imagen partió hacia su refugio en Santiago el Mayor. Pese a que se había decidido suspender la procesión, casi todos los fieles quisieron seguir a la talla al intenso ritmo que le imprimían los cofrades por la calle García Barbón. La rapidez del evento quedó incluso reflejado en el parte policial, en el que se señaló que la incidencia del acto sobre el tráfico fue casi nulo debido a la velocidad este año de la «Borriquilla».