A la hora que estaba previsto el cierre en la calle Cervantes, los operarios aún no habían preparado la alternativa para recibir a los coches procedentes de la autopista
13 mar 2003 . Actualizado a las 06:00 h.«Oiga, por favor, ¿no estaba previsto que se cerrase hoy al tráfico la calle Cervantes?», pregunté extrañado, a las once y cuarto de la mañana, a un agente municipal. «Sí, era lo previsto. A lo largo del día se cerrará», me contestó el policía, sin esforzarse por explicar algo que, supongo, ya esperaba. Aun así, no fue una mañana demasiado atareada para las numerosas patrullas de la policía municipal destacadas en las calles Alfonso XIII, Cervantes y Uruguay. El obligado cierre de la ascendente rúa cervantina, debido a las obras del aparcamiento de Urzaiz, dependía de que la calle Uruguay estuviera preparada para acoger el tráfico procedente de la autopista. Pero esta premisa no se cumplió en toda la mañana, es más, Uruguay parecía la calle cortada. Una excavadora, contenedores, zanjas abiertas y operarios de aplicaciones de pintura se afanaban por cumplir con su parte del trato. Mientras, las vallas amarillas se amontonaban en una acera de la calle Cervantes a la espera de ser utilizadas.En la salida de la autopista, un municipal le contaba a su compañero como empleaba su ordenador para diseños gráficos. El tema no parecía demasiado interesante para su interlocutor pero el tráfico no daba para emplear el silbato, así que aguantaba resignado la turra de su entusiasta compañero.Ya en la calle Uruguay, un obrero apuraba la instalación de un cierre de la alcantarilla, provocando que los automovilistas se imaginaran en una etapa del rally de Turquía. El firme de esta calle no hace honor a su denominación ya que combina con gran desacierto el antiguo adoquín con los remiendos en cemento y asfalto. Paso de peatones Llegando al cruce de Argentina, la cosa no iba mucho mejor. Los compañeros de la pintura todavía, pasada la una de la tarde, no habían pintado el paso de peatones, y eso que estaba todo previsto para las once de la mañana. El tramo de Uruguay que desemboca en el cine Fraga sí que superaba el caos anterior. Unos obreros, con pitillo entre labios, preparaban un encofrado subterráneo, mientras que un depósito de cemento, en la acera de enfrente, estrechaba el paso de vehículos. El colmo lo alcanzaban dos vecinos que, en un intento baldío, pretendía mover un contenedor de basura, de los nuevos, para acercar una furgoneta a la acera. Y muy cerca, los policías, tranquilamente, continuaban atendiendo a cuanto viandante les solicitaba información sobre el caos que se avecina en la zona.Durante toda la mañana, tampoco hubo demasiada prisa por regular las nuevas normas de aparcamiento en la calle Uruguay. En el margen derecho está ya prohibido aparcar, tal como indican las señales, pero nadie cumple. Eso sí, los policías, muy amablemente, recuerdan a los vecinos que no podrán estacionar a partir del cierre de Cervantes.El plan previsto por el ideólogo de la circulación comienza a cumplirse tras la bien ganada comida del mediodía. Es a partir de ese momento, cuando todo despierta. Los guardias no conceden tregua a sus manos en la dirección del tráfico. Los conductores despistados intentan preguntar por qué no pueden subir por Cervantes, al tiempo que requieren una solución. Lo previsto para las once de la mañana. Nada comparado con lo que ocurrirá el lunes.