Alarma en el BBVA

Ramón Capotillo VIGO

VIGO

CAPOTILLO

Algunos transeúntes de Vigo asistieron atónitos a lo que parecía el asalto a una sucursal y que posteriormente resultó ser un falso aviso para comprobar los sistemas de seguridad de la entidad

17 oct 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Las 9.00 a.m. Vigo acaba de saltar de la cama y la calle García Barbón, una de las principales arterias de la ciudad, es un hervidero de coches y oficinistas legañosos, que acuden raudos al trabajo. A esa hora la oficina principal del Banco Bilbao Vizcaya abre sus puertas y una treintena de empleados ocupan diligentes sus puestos. Quince minutos después, el furgón blindado de Prosegur aparca, como cada día, delante de la puerta principal. Reina la tranquilidad. Nada hace presagiar los acontecimientos que van a desencadenarse de forma precipitada. Las 9.16 a.m. Inesperadamente saltan todas las alarmas del banco. Los agentes de seguridad deciden encerrarse dentro del camión blindado en previsión de un atraco. Clientes y empleados desalojan la sucursal en apenas siete minutos. Un bombero supervisa toda la operación mientras se alerta a la policía y a Protección Civil para que pongan en marcha el dispositivo de emergencia. Algunos viandantes huyen despavoridos al oír las estridentes sirenas del BBVA. « ¡Ay Dios mío!, ¡Otra vez los del Grapo! », exclama una señora mientras corre a buscar refugio en la acera de enfrente, sin importarle un pito que el monigote del semáforo estuviera todavía colorado, o que a los furibundos conductores, en hora punta, les traiga sin cuidado que el banco entero vuele por los aires mientras los escombros no les ocupen el carril de la derecha. Pero en esta escena, propia de una película de Tarantino, hay algo que canta más que un dos caballos en una carrera de cuadrigas. Falsa alarma Y es que un avezado observador, a tenor de la parsimonia y cachondeo con la que los empleados abandonaban la oficina, en seguida se percataría de que se trataba de un simulacro de emergencia. Una acción que se repite cada año, sin previo aviso, para comprobar el funcionamiento en tiempo real de los dispositivos de protección del banco y la rapidez de desalojo del local ante cualquier imprevisto. Según el jefe de seguridad de la sucursal, el resultado de la prueba fue muy satisfactorio. Sólo siete minutos bastaron para que todos los empleados y algún espantado cliente saliesen de forma ordenada a la calle tal y como es preceptivo en una emergencia de este tipo. Todo un éxito. Pero se plantea un interrogante: o los empleados del BBVA tienen una sangre fría a prueba de atracos, o la serenidad con la que afrontaron el desalojo fue fruto de una filtración que les alertó de lo que se avecinaba para que a algún trabajador impresionable no se le saltase el marcapasos del susto.