OPINIÓN
18 sep 2002 . Actualizado a las 07:00 h.ES UN niño viejo. Sus ojos están vueltos del revés y miran para adentro, hacia el vacío, allá donde el hambre no deja espacio para el orgullo y la dignidad es tan solo para aquellos tan pobres que por tener, sólo tienen dinero. Su boca abierta para alimentarse del aire que no sacia pero engaña. Su cuerpo traslucido apuntando al suelo, encorvado por el peso de la nada. Sus brazos cansados de soportar el peso de sus manos y éstas el de sus dedos y estos el de una canción desesperada. Sus piernas enflaquecidas sosteniendo y retrasando el derrumbe. Su sombra se perfila más gruesa. Hace tiempo que se alimenta de él. Pasa ante mi ignorándome y se tira obediente dentro de un contenedor de basura. Su sombra se queda fuera. Al instante, mansamente, del interior de su cubículo van esparciéndose por el asfalto páginas de periódicos cuyos negros titulares hablan del 11-S, el de Nueva York y el que mató a Allende -menos Salvador que nunca-, de los atentados de ETA y de otros en Afganistán, de la Cumbre de Johannesburgo -por qué será preciso ir tan lejos para no resolver nada-, cajas que alguna vez contuvieron juguetes que adormecen en algún rincón, latas cuya comida reposa en estómagos metálicos mientras en la distancia rugen encogidas narices que solo quieren oler para constatar que existen, medicamentos caducados que alguien desechó y otro alguien se muere por no tenerlos, neumáticos de coches que unos usan para ir a todas partes mientras otros, si acaso, naufragan en la isla de nunca jamás. Así hasta que el contenedor se vacía y el niño perfora arañando las alcantarillas y baja, y baja... hasta que, inquieto -mi educación no me permite una emoción mayor-, le preguntó: - ¿Qué buscas entre la basura? - Un sueño -parece responder-. Y allá dejé a ambos, al niño buscando un sueño y a la sombra agazapada esperando comerse a los dos.