SOLEDAD ANTÓN TESTIMONIOS Pilar Estévez, armadora y comercializadora de pescado
06 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.IEN a su pesar, la pasión por el trabajo que rodea el mundo de la pesca se la inculcó a Pilar Estévez su padre, Martín. Aquélla se sentía encandilada por las historias que contaba en casa y quería imitarle. Sin embargo él, «que consideraba, como la práctica totalidad de los que aquí trabajan, que este mundo no era para mujeres», se negó de plano a introducirla en él. Así fue como Pilar, a regañadientes, estudió Pedagogía y, a regañadientes también, ejerció durante unos cuantos años su profesión. Al final, la vocación fue más fuerte y su padre empezó a permitir que le acompañara algunos días a la lonja. Cuando hace diez años murió, Pilar no dudó en tomar las riendas de las empresas, una armadora y otra comercializadora de pescado. -¿Hay que ser de una pasta especial para introducirse en dos sectores tan complejos? -Hay que chutarse agua salada en vena cada mañana. Yo es lo que hago, je, je. -¿Encontró trabas cuando empezó? -Todas. Las primeras me las puso mi padre. Después vinieron las de fuera. Este es un mundo muy machista en el que están perfectamente definidos los campos. -¿Qué quiere decir? -Que una mujer puede llegar hasta cierto límite; a partir de ahí está asumido que son los hombres los que mandan y ordenan. Es una ley no escrita pero es así. -¿Asumido por quién? Parece que no por usted. -Es que mi caso puede considerarse especial. Mi padre era un hombre muy respetado en su trabajo. Cuando decidí tomar el mando en el punto en el que él lo había dejado en lugar de sembrarme el camino de tachuelas optaron por dejarme hacer. Eso sí, me vigilaban de cerca, supongo que esperando una deserción en cualquier momento. Finalmente, se dieron cuenta de que no era un capricho y que me entregaba al trabajo como el que más. Entonces empezaron a respetarme. Eso no significa que pueda bajar la guardia, ya que sé que estoy permanentemente sometida a evaluación por el mero hecho de ser mujer. Es como pasar un examen cada día. -Un día que empieza siempre más temprano que tarde. -Habitualmente a las cuatro de la madrugada. A no ser que descargue nuestro barco, el Suemar 3; entonces la jornada se adelanta a las 10 de la noche para acabar a las cuatro de la tarde del día siguiente. -¿Cómo reparte su tiempo? -Nada más llegar reviso el pescado y llamo a mis clientes. A las cinco hablo con los mercados centrales de distintas ciudades. Sé el pescado que entra en España, lo que me permite actuar de una u otra manera en la puja. La subasta empieza a las siete. Es el momento de la verdad. La adrenalina se dispara. A las nueve, cuando ya sabes que podrás atender a los clientes, empiezas a respirar. No del todo porque aún resta clasificar y etiquetar el pescado. Para entonces son las doce del mediodía. Es el momento de realizar el trabajo de oficina. -¿A que ha tenido que renunciar? -A las vacaciones de los últimos 10 años con todo lo que eso implica de vida personal.