ÁNGULO RECTO

La Voz

VIGO

ÓSCAR VÁZQUEZ

CRISTINA LOSADA CRONOPIA

10 mar 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

En la terraza de un café, bajo los soportales de la plaza de la Constitución, algo me salta a la vista. No sé que me salta a la vista, al mirar otra vez me doy cuenta: el pavimento, estoy en zona de pavimento antiguo, en área no renovada. Una estrecha franja es, no más, pero está tan viva que, a su lado, el resto del suelo de la plaza se desvanece, gris, inútil mirarlo, no tiene nada que decir, no dice nada. Cuadriculado, liso, es una perfecta y muda obra de máquina. El viejo pavimento, desigual, redondeado, imperfecto, en cambio, habla. Un historiador de las ciudades, Lewis Mumford, comparó la urbe medieval con un tapiz de la época. «El ojo, estimulado por la rica complejidad del diseño, vagabundea hacia atrás y hacia adelante por la extensión del tejido». Este fragmento de suelo que se ha salvado de la uniformidad atrae de ese modo el ojo y la mente, que se pasean por curvas, huecos, ranuras y relieves como por un paisaje que nunca se acaba de descifrar. Esas piedras son las piedras de caminos de aldeas conocidos en la infancia. ¿Seguirán existiendo? La árida planicie que ha quedado en zonas lindantes con la plaza de la Princesa tras el «tratamiento unitario» aplicado a los suelos, le recuerda al poeta Carlos Oroza el patio de la cárcel de Carabanchel. No conocí ese patio ni el de Yeserías -sólo los sótanos de la DGS y no me fijé nada en el pavimento- pero supongo que tiene razón. La uniformidad suelta un tufo carcelario, cuartelario. Toda la arquitectura, dice John Ruskin, propone un efecto sobre la mente humana. El efecto del patio de Carabanchel es obvio. No creo que los arquitectos empeñados en regularizar las irregularidades de nuestros suelos deseen el impacto carcelario y sin embargo... Mi maestro de aikido, Yasunari Kitaura, historiador del arte, lamenta en un libro suyo que en el jardín de piedras del templo Ryoanji de Kioto, los antiguos guijarros que rodeaban a las rocas fueran sustituídos por unos nuevos machacados a máquina. ¿Qué diría si viera el antes y el después de algunos suelos nuestros? Las venerables piedras convertidas en productos en serie, lavadas y cortadas, despojadas del tiempo, de su historia, que es tambien nuestra. La estética japonesa busca la simbiosis de lo racional y lo casual, del ángulo recto y la forma natural. Aquí ignoramos lo natural y santificamos el ángulo recto. Salvo los antropósofos, cuya arquitectura rehuye los noventa grados. La monótona regularidad de los pavimentos renovados concuerda con esos espacios desolados de los que tenemos en Vigo notorios ejemplos. Murray Bookchin, estudioso del urbanismo y el anarquismo, dice que la ciudad capitalista no es un lugar dónde vivir, sino dónde trabajar, una prolongación de la fábrica. Los suelos rectamente cortados a máquina llevan al ojo ese parco mensaje.