El abrir y cerrar de verjas se combinó con la vigilancia policial y la división sobre la duración de la huelga Vigo revivió ayer, aunque fuera durante unas horas, el carácter reivindicativo que forjó su desarrollo. Protestas silenciosas unas y más evidentes otras contra la liberalización de horarios comerciales, se dieron la mano ayer con las concentraciones anti ETA y contra la violencia de género.
10 oct 2000 . Actualizado a las 07:00 h.Pero la incertidumbre reinó durante todo el día sobre aquellos implicados en la jornada de protesta, es decir toda la ciudad. Incertidumbre en los que comenzaron el día como los demás, abriendo las verjas de sus negocios aunque fuera a media altura para dejar claro que a la mínima sugerencia echarían el cerrojo. Incertidumbre en los que con las luces apagadas aprovecharon el día para hacer inventario. E incertidumbre sobre los que pese a todo querían ejercer su derecho a la compra y se acercaron a las grandes superficies para hacerlo. En alguna de ellas, la jornada de protesta se notaba a pesar de los esfuerzos de sus gestores. Luces a media potencia, ni una nota en su hilo musical, y eso sí, refuerzo de los servicios de seguridad se palpaban en los hipermercados. Mentar esas hipermarcas a los sindicalistas y empleados que recorrían las calles para garantizar el cierre total fue casi como encender la mecha como la que la pasada semana acabó en Yugoslavia con la era Milosevic, pero la sangre no llegó al río. Lanzamiento de monedas y gritos de los empleados-David contra los emporios comerciales-Goliat, los previstos. División de opiniones Quienes se hacían con la barra de pan y algo para la comida salían de las tiendas abiertas, sobre todo en el extrarradio, como con un botín inesperado, pero sin alaracas no fuera a ser. En los hiper colas en las cajas, como siempre, y división entre sus integrantes. «¡Es que no puedo comprar otro día!», «¡no deberíamos haber venido!», o «¡por qué no van a abrir los domingos, yo también trabajo los fines de semana. Que se...!», se oía antes del ritual de pagar, en un día como otro cualquiera, pero cargado de incertidumbre hasta para los cruceristas del trasatlántico Oriana, que se bajaron en el puerto con sus pantalones cortos, que para eso son turistas aunque sea octubre, dispuestos a comprar en una ciudad semifantasma en la que al final se decidieron por comer, que de eso sí que no se hace huelga.