Fiestas, cocaína, LSD y alcohol

E. VÁZQUEZ PITA VIGO

VIGO

Los adolescentes imputados en las torturas de Covelo relatan en el juicio cómo disfrutaban su fin de semana Cocaína, LSD, éxtasis, alcohol, porros, motos, discotecas y fiestas que duraban dos días sin dormir y en las que bailaban semidesnudos. Así transcurría un fin de semana «normal» del verano de 1998 en Vigo para algunos de los once imputados por detención ilegal y lesiones a tres hombres en una casa de Covelo. «No recuerdo nada porque estaba ciego. Sólo veo flashes», dijo un testigo. Las edades de los miembros de la pandilla oscilaban entre 17 y 25 años. La mayoría eran alumnos de BUP del instituto Santa Irene. Un psiquiatra admitió en la sala que los cócteles de drogas podían perjudicar la salud mental.

09 sep 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

«¿Qué hacían en esas orgías?», preguntó un abogado al imputado mientras éste examinaba unas fotografías en las que sus amigos aparecían desnudos o en calzoncillos o bañador. La defensa del caso de Covelo cree que puede favorecer a sus clientes el estar bajo los efectos de las sustancias estupefacientes o, al menos, haber ingerido grandes dosis de alcohol. Nadie lo negó. Era algo «normal», lo de todos los fines de semana, en los que aguantaban dos días sin dormir. Muchos de los acusados aseguraron que, al declarar ante la guardia civil y el juzgado, evitaron mencionar las drogas para no disgustar a sus familias. En el juicio, algunos terminaron por reconocerlo. Uno de ellos contó que se había enfadado porque había perdido una tira de cocaína. Otro que había mezclado un medicamento con alcohol y que, al día siguiente, se había levantado «con una fuerte resaca». Otra chica dijo que se había emborrachado hasta caer al suelo y quedarse dormida, por lo que no se enteró de lo que pasaba en el garaje, donde supuestamente las víctimas recibieron una paliza. Sus lugares de reunión eran la zona de Vinos, donde toda la pandilla, la mayoría compañeros de BUP del instituto Santa Irene, se juntaba y bebía. Una vez colocados, acudían a una discoteca donde paraban siempre. En aquel agosto de 1998 también acudían con frecuencia a la casa de Manuel Bouza, quien abría las puertas a sus amigos y a las novias de éstos. Tras la fiesta llegaba la resaca. Manuel Bouza, el propietario de la casa de Covelo, donde se produjeron los hechos, afirmó en el juicio que almacenaba en su casa cien pastillas de éxtasis, tipo «doble cero Mitsubishi», que había comprado para celebrar su cumpleaños en la discoteca de la avenida de Madrid, local que pretendía alquilar durante una tarde por 300.000 pesetas. Ese era el ritmo de vida del joven que compartía vivienda con su amigo Miguel Rodríguez Ada, el guardia civil ourensano que acababa de llegar destinado a Ponteareas. No tenían mucho dinero pero tampoco les faltaba lo justo para pasar un buen fin de semana. Algunos recibían pagas de su familia de 40.000 pesetas al mes y otros trabajaban en empleos esporádicos que le daban para sus vicios. La noche del viernes, la pandilla fue a la discoteca a celebrar una fiesta. Mientras, un conocido de Bouza, el Bibi, convencía a otros tres jóvenes para hacer un chalé en Covelo y robar a su amigo. «Nos prometió que nos daría unos tripis si le acompañábamos», declaró Yonky, una de los cómplices que padecía el síndrome de abstinencia y, según admitió en el juicio, era seropositivo. «A veces se inyectaba cocaína por la venas», explicó al tribunal una hermana que le cuidó. Cuando los ladrones entraron por el ventanuco del baño hallaron como botín 130 pastillas de éxtasis, 100 gramos de grifa, 400.000 pesetas y un vídeo, propiedad del guardia. Pero no tuvieron suerte. Ese misma tarde, el agente y el propietario de la casa, junto a quince amigos, los localizaron en la zona de vinos. Su pesadilla no había hecho más que comenzar. Los «tripis» de LSD eran una droga común en la pandilla, según admitieron en el juicio. «Cada uno se llevaba lo suyo», afirmaba otro joven. A alguno de ellos, los alucinógenos pudieron producirle problemas mentales de los que, según los médicos, no se ha recuperado. «Desde que empezó a tomar LSD ya nunca más fue el mismo. Se comportaba como un descerebrado y decía frases incoherentes», afirmaron varios amigos del imputado que fue eximido de declarar porque desde 1996 padece una esquizofrenia de tipo paranoide. Todo comenzó un año después de empezar a consumir drogas sintéticas. Desde julio, está ingresado en el hospital psiquiátrico de Vigo. Su abogada pidió la renuncia por «incompatibilidad con su cliente». El nuevo letrado consiguió demostrar que cuando sucedieron los hechos, su cliente no era consciente de lo que ocurría en la casa. Y fue lo bastante listo para mantenerse al margen. «No puedo precisar si la enfermedad se debe a este tipo de estupefacientes. Un paciente se recuperaría al mes de abandonar el consumo pero, a veces, el daño en el cerebro es irreversible. Muchas pastillas son caseras y nadie sabe lo que llevan dentro», afirmó un experto en psiquiatría durante la vista. Debido a los efectos del alcohol aquel día de agosto, otro imputado perdió el control de una furgoneta, propiedad de Yonky, y la empotró contra el muro de la finca de un vecino. El joven reconoció en el juicio que carecía de carné de conducir y que estaba totalmente ebrio. «Fue una chiquillada», admitió. La broma le costó 12.000 pesetas. Así transcurrió aquel loco verano que ahora les ha llevado a juicio y en el que la fiscal les pide 265 años de prisión en conjunto. Una de los supuestos delitos es el tráfico de droga pero, ante la falta de pruebas, no ha vuelto a mencionarse en la vista oral.