Crítica musical NIEVES SÁIZ DE AJA Miguel Bosé y Ana Torroja derrocharon simpatía y sensualidad en su actuación viguesa. Lástima que lo hiciesen tan de lejos. Podían haber reservado un poquito de amabilidad para los que les perseguíamos con la humilde intención de recabar sus impresiones acerca de la marcha del experimento Girados.
31 jul 2000 . Actualizado a las 07:00 h.Puntual como pocos, el concierto se abrió con la ex-componente de Mecano sobre el escenario. Muy Gucci, Ana Torroja aireaba una melena de color indefinido y estrenaba labios ante el público vigués. Poco riesgo de la mano de la cantante madrileña, que se decantó por lo mejor del grupo que la lanzó a la fama para la toma de contacto. Quizá debería haber pensado en los que acudían a Castrelos para descubrir su faceta de solista. La voz de Ana Torroja convence a medias. Pero a nadie parece importarle. Tanto ella como Bosé han configurado este espectáculo como un montaje ideal para que queden al descubierto los encantos que aún conservan, pasados los cuarenta. Gestos de complicidad ficticia y bailes milimétricamente preparados pretenden conquistar a un público que ya no se lo cree. No es que no se escuchen gritos cuando Bosé se gira bruscamente para dejar al descubierto su trasero, pero las quinceañeras de antaño ya no quieren ser testigos mudos de un espectáculo repetitivo. Ninguno de los dos se sale del programa. Dos canciones cada uno y un encuentro fortuito en el escenario. Besos pactados e interpretaciones a lo Pimpinela. Inmejorable momento el del sofá. Merece la pena contemplar el rostro perplejo de Ana Torroja indagando acerca de la remota posibilidad de que exista un sillón verde en las bambalinas. Dos pantallas gigantes permiten que la imagen y los diferentes modelos de los cantantes puedan ser escudriñados por todo el que lo desee. Todo un recital de pret á porter que desluce por completo el buen hacer de la banda que les acompaña en Girados. Muchos éxitos de siempre y algún tema comercial de los últimos trabajos de ambos acompañan a una poco afortunada versión de La Belleza, de Aute. Miguel la canta a su manera, desde lo más alto del escenario y con sonrisa de bandido solidario. Ana Torroja no ha acertado al elegir compañero de viaje. No es que no apetezca lanzarse a la carretera con él. Lejos de eso, su presencia resulta tan atrayente que anula la de ella. No debe de haberse dado cuenta. Un público de lo más variopinto se prestó al baile relajado cuando la ocasión lo requirió y agitó los brazos ante las incesantes peticiones provenientes del escenario. Bosé, hay que reconocérselo, despertó al auditorio con Nena, Salamandra y Bandido. Torroja se encargó de paliar las consecuencias y relajaba al personal con temas pausados que ella entona con su voz serena, endulzada por los kiwis que exige en los hoteles que visita. La estricta organización del recital lleva implícitos dos bises. Nos consta porque, a pesar de que las peticiones no iban acompañadas de las luces parpadeantes de los mecheros encendidos ni de los gritos enfervorecidos de los fans, la pareja volvió trinfante previo cambio de indumentaria. NIEVES SÁIZ DE AJA es redactora en prácticas en La Voz de Galicia.