Mollejo, el talento y el hambre

Fernando Vázquez exprime las virtudes del toledano en plena remontada del Deportivo y con el delantero situado en una novedosa posición de carrilero


En el renacer del Deportivo hay algo de sorpresa, suerte y magia, pero sobre todo mucho trabajo, empeño y ambición. Víctor Mollejo (Quintanar de la Orden, Toledo, 2001) personifica la asombrosa evolución del equipo coruñés en pos de la permanencia. Esta es la historia de la prematura madurez, el talento y el hambre de un jugador singular convertido en uno de los imprescindibles de Riazor, pese a que aún tiene edad para jugar en el juvenil. Aquel que triunfó en la cantera del Atlético de Madrid como delantero protagoniza ahora de forma insospechada el mejor momento de la temporada desde el lateral.

En el Dépor de las seis victorias Mollejo no ha parado de rotar posiciones. Con Fernando Vázquez empezó como delantero centro, siguió de centrocampista por la izquierda contra el Cádiz, nada más regresar de un partido con la sub-19, y jugó las dos últimas jornadas como carrilero con un rendimiento que provocó los elogios del entrenador. Una situación que a ninguno de sus amigos ha sorprendido. «Que nadie se extrañe, si un día lo vemos de portero», afirma entre risas el coruñés Iván Riveiro, exjugador de la cantera del Madrid, pero uno más en la pandilla del futbolista cedido por el Atlético en la capital.

«Va a ser profesional»

Lo acompaña en su análisis el central juvenil del Dépor Álvaro Yuste, con el que Mollejo compartió equipo desde el alevín A hasta que dio el salto al Atlético Madrileño, «yo siempre lo querría en mi equipo, porque es muy currante, muy luchador, con mucho coraje y que da igual donde lo pongas porque va a cumplir». Y Óscar Fernández, quien lo entrenó la pasada temporada en el Atlético B, hasta no duda en alistarse a la guerra con él: «Tiene claro que va a ser futbolista profesional y todo su esfuerzo lo pone en eso. Si tiene que pelear, lo hace y no deja prisioneros».

El dorsal 11 blanquiazul, que acaba de cumplir 19 años, fue uno de los cinco futbolistas que llegaron en el último día del mercado estival, pero no tardó ni una semana en debutar. Solo quince días después marcó su primer gol, el del momentáneo 1-1 al Numancia. A partir de entonces, en realidad, no se perdió más partidos que los de sus participaciones con la selección sub-19, con la que se había coronado campeón de Europa el pasado verano.

Desde la polivalencia, pero sobre todo la madurez, el talento y unas inmensas ganas de devorarse el mundo, se apuntó a todas las situaciones desesperadas que atravesó su equipo en la primera vuelta y hasta protagonizó una madurez impropia de su edad en todas las declaraciones públicas que hizo. Ni Anquela, ni Luis César dudaron nunca de él, y este respondió con goles al Mirandés y al Elche.

La confianza de Vázquez también lo arropó desde el primer día y Mollejo ha encontrado el clima ideal para seguir creciendo. En el regreso del de Castrofeito al banquillo blanquiazul dejó en la suplencia a Longo y Santos para situarlo como referencia. No marcó, pero asfaltó el camino para su equipo, pues provocó la expulsión de Ledes a una hora del final. Aquel partido gestó una afinidad entre técnico y jugador que no ha dejado de progresar.

«Me ha dicho que me pone ahí para que haga partidos como este», reconoció el jugador al término del encuentro del pasado sábado, el número 22 en el que vestía la blanquiazul, más que los que ha disputado su amigo y compañero Montero. Óscar Fernández, que el pasado verano fichó por el Almería, pero el cambio de propiedad del club andaluz lo dejó sin equipo antes de que comenzase la temporada, reconoce que, a cuenta de la participación del futbolista, él y el propio Mollejo se han ganando una cena a costa de un amigo común. «Fichó por el Dépor, se atrevió a salir de su zona de confort e hicimos una apuesta. Le dije que si jugaba más de quince partidos, alguien que los dos conocemos nos iba a pagar una cena. Y lo tendrá que hacer», relata Óscar Fernández, mientras sonríe feliz por el gran rendimiento de la joven promesa. Eso sí, él nunca lo situó como lateral zurdo. «Sus dos grandes virtudes son el talento y el hambre. Tiene muy claro que quiere ser futbolista. Le da igual lo demás», relata el técnico, que matiza que el fútbol profesional no entiende tanto de cualidades como de capacidades técnicas. «Él es inteligente, entiende el juego y quiere aprender. Luego, hay que poner siempre intensidad, ambición, ilusión,... Y de eso tiene en abundancia». Además, añade, tiene la capacidad de contagiar a sus compañeros. «Juega con una intensidad y una ilusión que hace que el compañero diga: “Si este va, vamos todos”».

«Ya era imprescindible»

Fernández reconoce que cuando Mollejo dio el salto al filial del Atlético de Madrid con solo 17 años, él no lo alineaba, pero el jugador acabó derribando la puerta. «Subía al filial después de ser la estrella de todos los equipos de base del club, pero al final tenía que ponerlo porque era muy bueno. Él solo se lo buscó. Hizo un gran final de la primera vuelta y en la segunda ya era imprescindible», explica.

Eran esos tiempos en los que Iván Riveiro, que hasta diciembre militó con el Silva coruñés en Tercera División antes de hacer las maletas y recalar ahora en el filial del Nàstic de Tarragona, lo temía. «Fuera del campo muy bien, pero dentro nos llevábamos a matar. Él se transformaba y nos liábamos siempre», señala entre risas mientras recuerda los derbis en que se enfrentaban madridistas y atléticos. Yuste, por su parte, insiste que lo que se ve de Mollejo, «ese carácter, la actitud y el compañerismo siempre han sido así y por eso está donde ha llegado» y añade: «Lo marqué muchas veces en los entrenamientos y para mí es un orgullo que esté jugando tanto y, encima, como uno de los mejores del equipo».

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