Historia breve de un penalti

Del precipitado ingreso al campo de Nahuel al disparo perfecto de Carlos, plan b de Martí para los once metros


De los tres refuerzos de invierno, solo uno entró en la lista definitiva de Martí. Ninguno saltó de inicio al campo. Hasta el minuto 82, cuando Quique quedó tendido en el césped y su entrenador decidió acelerar el reemplazo, Nahuel esperaba paciente en el banquillo. Ahí, en ese instante, arrancó la breve carrera de éxito del extremo argentino en el Dépor. Casi por casualidad. «Estábamos pensando en otra posibilidad de cambio -reconoció después el técnico-. Quizá quitar un jugador de la parte de atrás porque el empate no nos servía prácticamente». Pero dejó la cancha el ocupante del rincón izquierdo y allí se instaló el heredero del 10 que antes portaba Carles Gil, un especialista en pausas, y ahora carga un experto en campo abierto.

Por la esquina irrumpió en la penúltima acción del duelo para completar el segundo golpe de fortuna. Porque el balón estaba en pies de un rematador sin tacto para el pase y el envío de Christian Santos se fue lo suficientemente largo. Así se lanzó un esprint que justifica cualquier inversión de enero. Corrió Nahuel a por una pelota que tenía toda la pinta de ocasión perdida y la transformó en una bola de partido y quién sabe si de promoción de ascenso. Metió la bota Valjent y el colegiado vio penalti.

«No sé si lo fue o no -comentaría más tarde Martí-. Lo vivimos con emoción por la personalidad de Carlos. Golpeo seco, duro, echándose al equipo a la espalda». Hubo nuevamente, en esos segundos previos a tan sensacional disparo, ocasión para un giro, quizá fatal, en la historia. Porque el punta venezolano que había iniciado la acción reclamó la posibilidad de rematarla. Y no le hizo ninguna gracia que el entrenador le recordara el orden establecido. «Habíamos elegido que el primer lanzador era Quique [ese que se lesionó abriendo hueco a Nahuel] y el segundo Carlos», desveló el míster a encuentro acabado. El plan b se convirtió en primera opción y colocó el cuero en la escuadra. «Hay que tener agallas», aplaudió Dani Giménez al referirse al lanzamiento, después de haber sostenido el empate con varias paradas espectaculares hasta el descuento.

«En estas situaciones tienes que asumirlo, tranquilizarte, y lo más importante es tener claro a dónde tirar», resumió el autor del disparo, restando importancia a su ejecución perfecta. Un chut violento, escorado, a la altura necesaria para superar la estirada de Reina, quien acertó el lado al que lanzarse.

Desenlace perfecto en el estertor del duelo para una racha de más de cuatro meses sin ganar en casa. «Se vienen muchas cosas a la cabeza, liberas mucha tensión después de tanto tiempo de situaciones complicadas donde todos sufren. Ahora sientes felicidad», sonrió por fin Carlos Fernández. Último eslabón de ese relato breve de dos minutos de partido, desarrollado en veinte metros de carrera, y once más de suspense; los que separaban el último balón de esta historia de las opciones de seguir soñando.

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