«¡Lo vas a volver a fallar!»

El meta del Málaga, Roberto, aunque intentó descentrar a Lucas en el lanzamiento del penalti recordándole el que le paró Diego López, no pudo impedir que el coruñés encarrilara la victoria blanquiazul


A Coruña

Minuto 4 de partido. Lucas marca a Çolak el desmarque. El turco se la mete en profundidad. El coruñés la corre y es derribado por Luis Hernández. Mateu Lahoz no se lo piensa. Pita penalti. Lucas tampoco se lo piensa. No tiene dudas. Recibe un beso de Emre, el autor del pase, coge el balón y lo sitúa en el punto de penalti.

Por la mente de los diecisiete mil espectadores que acudieron a Riazor pasa aquella otra pena máxima que falló hace algunas jornadas en la misma portería. También por la mente de Roberto, el portero del Málaga, que se dirigió inmediatamente hacia el coruñés para recordarle aquel penalti detenido por Diego López. «Estás nervioso, sé por dónde lo vas a tirar y lo vas a volver a fallar», oyeron decir al guardameta algunos jugadores cercanos a la acción.

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Pero Lucas no dudó. No es de los que se arrugan. Prefiere que se le recuerde por morir con las botas puestas y equivocarse, que por esconderse. Ejerció de líder. Exhibió galones. Saber estar. Confianza. Ni miró a Roberto. Eso sí, pidió a Mateu que alejase al guardameta. Tomó carrerilla. Tres escasos pasos. Conectó su pierna buena y lanzó raso y duro a la izquierda del meta malaguista, que se tiró para el lado contrario. ¡Gol!. Y humilde gesto de perdón del 7 a una afición que veía en este tanto el posible comienzo de un camino hacia el milagro.

Diecinueve partidos después, Lucas volvía a marcar. Otra vez contra el Málaga, su último verdugo. Pero esta vez, su tanto sirvió para, junto con los dos de Adrián, sumar tres puntos y romper una racha negativa tanto para él como para el equipo. Por eso, ese gesto. Ese perdón. El coruñés sabe que no está cuajando la temporada esperada. Que cada balón que trata de dirigir hacia la meta contraria es alejado del objetivo de la manera, a veces, más inverosímil. Cuando no la manda fuera, una pierna inesperada aparece en el camino. Cuando no es una pierna, es un cuerpo casi desencajado de un rival, o un compañero, o el portero, o la cara de un defensa... Y si ha superado todos estos escollos, entonces es el palo, como contra el Las Palmas.

Sabe del esfuerzo que el club ha hecho por contratarlo y de la ilusión que había generado a la afición. Y, él, muy coruñés, quiso mostrar su sentimiento. No le están saliendo las cosas en cuanto a goles, pero desde la llegada de Clarence Seedorf sí que se ha soltado en cuanto a juego. Participa con más acierto. Combina bien. Y llega. Pero no finaliza. «Si yo no marco me da igual. Hoy estoy feliz, más allá del gol, por el triunfo. Porque lo necesitábamos y, por fin, podré cenar a gusto», manifestaba tras la conclusión del encuentro. Y así lo hizo. Horas después de superar a Roberto, atravesó la puerta de su domicilio con una sonrisa de la que hacía tiempo no disfrutaban sus más allegados. Con ellos cenó, charló y disfrutó de una velada familiar en la que el fútbol y la ilusión recuperada por la permanencia estuvo presente.

Meses de sufrimiento

Ahora, tras sacarse la espina del gol, aunque no de todo porque el Dépor necesita más dianas suyas en juego, Lucas respira tranquilo tras meses de desesperación, rabia contenida y sufrimiento. Esta temporada ha visto cómo ha pasado de ser recibido por centenares de personas en Alvedro, a ser pitado en Riazor, convertirse en centro de mofa del sector más crítico con el actual consejo que centran en el delantero su frustración, y ver cómo pintaban los aledaños de su antiguo domicilio, en el barrio de Santa Margarita.

Lejos de hundirse hacia las adversidades, se ha ejercitado cada día como si fuera el último. En Abegondo cuando había entrenamiento. En el gimnasio que tiene en su casa cuando había jornada de descanso. Todo para luchar hasta que las matemáticas lo permitan por la salvación de un Deportivo al que los goles de Adrián y Lucas dieron frente al Málaga una vida extra que tratará de aprovechar.

Ni las críticas, ni la racha negativa, ni Roberto han podido evitar que Lucas vuelva a llamar a la puerta del liderazgo de un Dépor que precisa carisma.

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