Albentosa amaina el viento

El gol y la sobria actuación defensiva acallaron los silbidos que le había dedicado parte de Riazor


Metro noventa largo de central que no son los centímetros mejor aprovechados de la historia del Deportivo. Un futbolista aparatoso que paga el tamaño en cada duelo. Pocas faltas a favor, varias en contra. Hasta un penalti por grande le pitó Gil Manzano aquel día que vino el Girona de visita. Albentosa llamaría la atención haciendo la estatua, pero además, no para quieto. Sale del área, esa zona de confort de 16,5 por 40 y pico, gesticula, percute, reclama el cuero...

Nada más tomar el mando, Seedorf organizó un partidillo. Quería conocer al plantel más allá del vídeo. Fue una escaramuza detenida a cada rato para corregir detalles. Se escuchaba constantemente la voz del míster. Y cuando callaba el holandés, tronaba Albentosa, reclamando intensidad, animando a sus compañeros. Juntos llenaron de ruido la tarde. Fue amor a primera vista. Caló en el técnico la perseverancia del defensa. «Podéis llamarme malo, pero no decir que no le echo huevos», reclamó Rubén en Getafe, encarado con parte de la afición. «Podríais contarle a la gente que en Abegondo trabajamos duro», pidió el pasado jueves Lucas a la prensa. El plantel no da la talla, lo dicen los puntos, pero se esfuerza. Albentosa se esfuerza. «Al final me van a querer», anunció ayer al final del partido. Hasta en eso se esfuerza.

Había escuchado los primeros pitos en el túnel de vestuario, cuando el speaker cantó su nombre al recitar una alineación en la que solo el idilio con Seedorf parecía sostenerlo. Saltó al campo convertido en diana gigante. Cada balón tocado, un abucheo. Hacía tiempo que Riazor no concentraba tanta ira en uno solo de sus futbolistas. Si salía a la frontal, si se quedaba, si retenía la pelota, si la soltaba... Murmullos, pitos, menosprecios. Bola a banda frente a la presión rival, Pabellón que increpa. Y ahí sí, Albentosa reacciona, se encara con la multitud, trata de explicar con gestos que ese despeje desorientado era la única salida. Marca enseguida el rival, se acaba la tregua con el plantel, se va a hacer eterno el partido.

Y entonces, inesperadamente, mezcla la pareja más señalada. Saque de esquina a favor del Dépor, que apenas saca partido de esta suerte. «Tenemos que aprovechar más el balón parado», fue lo que pidió Seedorf en el Montilivi tras encajar dos veces de esa manera. Centra Lucas, en quien varios ven un traidor por dejar 20 millones en el club e irse a Londres a buscar fama. Y regresar al año. Que quería ir a la selección, decía. Siempre hay quien no tolera la ambición del vecino; víctima además de una polémica que le trasciende y alcanza al palco. Vuela el balón, contábamos, lo caza el gigante.

Se desencaja Albentosa, a la carrera. Concentra mil celebraciones en una: el golpe en el pecho, el indice al cielo, el arquero, el gesto hacia el banquillo. Allí está Seedorf, que le devuelve el saludo. Allí está Carles Gil, «pasando una situación jodida», explicará el central sobre la dedicatoria a su compañero. Él al menos juega. Y continúa el duelo, y se apagan los silbidos. Y el zaguero está impecable hasta que resbala. Se cruza Sidnei, pero ha vuelto el murmullo. «Al final me van a querer». Tiempo al tiempo.

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