Oporto, trece años después

El Dépor regresa al estadio Do Dragao en el que soñó con la final de la Champions


A Coruña / La Voz

El Dépor vuelve mañana al estadio Do Dragao en las antípodas de lo que un día llegó a ser. El escenario, sin embargo volverá hacer trabajar trece años después a los más nostálgicos y lamentarse a perpetuidad por lo que pudo haber sido y al final nunca llegó: un Dépor bañado en gloria alcanzando la mayor cima continental. El de mañana (20.30 horas, TVG) será un amistoso sin más.

Aquel 21 de abril del 2004, el Deportivo se presentaba en Oporto con un equipo en plena madurez deportiva, preparado y acostumbrado a las grandes citas, curtido en duras batallas y con el poso necesario para lidiar con la semifinal de Champions que se avecinaba. Un Dépor con potencial evidente de ser campeón, ante una terna que completaban Oporto, Mónaco y un Chelsea previo a la época de Mourinho y Abramovich.

Un partido, un desplazamiento histórico y masivo con más de 6.000 hinchas herculinos a orillas del Duero. La ciudad de Oporto se engalanaba más que nunca con el blanco y azul entregados a la causa que abanderaba un imberbe José Mourinho en el banquillo de los dragones, pero esta vez la gaita y la bandera gallegas tomaban cada calle de la ciudad lusa, alentando el mayor sueño del Deportivo.

Era el Oporto de Carvalho, de Maniche, de Deco, pero especialmente era el Oporto de Mourinho, un equipo rudo, sólido, con una disciplina táctica inquebrantable basado en el orden, el sacrificio y la solidaridad. El Dépor, era un conjunto con mucha más calidad, menos disciplinado, pero con mayor talento. Naybet y Andrade en el centro de la zaga, el equilibrio de Mauro Silva en el medio, la creatividad de Valerón, el guante de Fran y la pegada de Luque y un iluminado Walter Pandiani en ataque. Era un Dépor mayúsculo, que llegaba además en estado de gracia tras golear al Milan en los cuartos de final en el legendario partido de Riazor.

El partido fue tedioso, plomizo por momentos, con poquísimo fútbol. El miedo imperó entre dos equipos cuyo respeto y temor a recibir un gol fue mayor que su capacidad para generar fútbol. El espectáculo quedó para otras lides. El Oporto supo imponer más su juego, el que se basaba en que el balón no rodase, el de frenar la elaboración y el dinamismo del Deportivo y para ello llevó el juego al límite del reglamento.

Tarjeta para Mauro

El Oporto llegaba a la ida de semifinales con siete jugadores apercibidos de sanción en el once inicial, ninguno fue castigado con amarilla. Sí la vio Mauro Silva. Por protestar. Y por culpa de esta tarjeta se perdería el duelo de vuelta.

En la segunda parte el Oporto aumentó la presión, la hinchada local intensificó también el ambiente a favor de los suyos y las seis mil almas herculinas se encargaban de recordar a los suyos, cada minuto, que allí no estaban solos.

En ataque, el Dépor apenas tenía incidencia. Valerón se perdía en la red que había tejido Mourinho para maniatar su fútbol, una red basada en la brusquedad física de Costinha, Costa y Carvalho que empequeñecieron al 21. En el tramo final el Dépor tiró de inteligencia, supo administrar bien los minutos, cerrar bien los espacios en defensa sin pasar grandes apuros, jugando con el tiempo a su favor y un resultado que le dejaba la oportunidad de resolver ante su afición el pase a la gran final.

Pero se encontró con un hecho inesperado. Un «acto reflejo», como lo definió el jugador, de Deco llevó al error al árbitro, que expulsó a Andrade. Fue esa famosa carantoña, ese toque con la pierna tan leve como innecesario por el momento y el contexto. Un gesto que su desesperado «Is my friend, is my friend» no consiguió evitar la expulsión. El Dépor acabaría con diez, la baja de Andrade acabó siendo crucial en la vuelta y para colmo Deco alimentaba la sensación reconociendo el error arbitral.

El del dragón quedará como el histórico campo de un empate con envoltorio de ilusión pero que resultó ser un caramelo envenenado camino de Gelsenkirchen.

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