A Coruña / La Voz

Veinticinco años y medio después de que le tuvieran que hacer un carné de socio del Deportivo para poder presidir el club, Augusto Joaquín César Lendoiro (Corcubión, 1945) abandona la centenaria entidad del mismo modo que llegó: por la noche, sin someterse a unas elecciones y con el club arruinado en Segunda División.

Tras dos décadas y media al frente del club, Lendoiro dice adiós envuelto en un halo de grandeza fruto de los seis títulos conseguidos, y a la vez de miseria, víctima de sus propias trampas. Se va el creador del Superdépor, pero también el de la tercera lección que dio con los huesos del Dépor en Segunda División en dos ocasiones. El que fichó a Bebeto, Mauro y Rivaldo y el que llenó Riazor de mantecas, abreus, bassires, changuis, bodipos... El que cogió un equipo con 3 millones de euros de deuda, lo recuperó y ahora lo deja con 160 millones de déficit. El que sabe de fútbol, pero al que las auditorías han sacado los colores como gestor.

Se va un hombre que ha marcado la mejor época del Deportivo pero también la que más vergüenza produce a los aficionados blanquiazules. Su etapa presidencial ha sido así: pura dicotomía. Un camina o revienta. Conmigo o contra mí. Noches de desenfreno y despertares de ibuprofeno.

Su llegada al club

Tras haber renunciado en un par de ocasiones a presentarse a las elecciones, alegando que solo lo haría si no tenía rival, el gol de Vicente y la retirada del resto de candidatos permitió que un recién aterrizado en la política Lendoiro llegara a la plaza de Pontevedra en junio de 1988. Procedente del fútbol modesto coruñés, en donde años atrás había pregonado el mucho mal que, según él, hacía el Deportivo al resto del deporte local (lo recogía en su libro Deporte, política y fútbol de bolsillo), Lendoiro supo aprovechar el despertar de una afición que llevaba años dormida.

Sus inicios fueron arriesgados pero coherentes. Tras ascender a Primera y mantenerse en la categoría, utilizó el dinero de la conversión del club en sociedad anónima deportiva para fichar a Mauro Silva y Bebeto y dar un salto de calidad. Con la discreción de Arsenio al frente del equipo, un Fran decidido a hacer historia en el club de su vida, y un buen ojo a la hora de incorporar excesos de equipos punteros como Madrid, Barcelona, Atlético o Valencia, confeccionó el Super Dépor, que pronto se convertiría en el humilde club que se hizo un hueco en el corazón de la España futbolística.

Llegaron el penalti de Djukic, la Copa de Alfredo, pero también las enemistades con los medios de comunicación, la federación, Paco Vázquez, Arsenio Iglesias... Lendoiro trasladaba al Deportivo sus luchas personales. Su conmigo o contra mí, que lo llevó a enfrentar al club con medio mundo: directivos, periodistas, estamentos, clubes, futbolistas... O bruxo de Arteixo fue la primera estrella que brillaba más que él que tuvo que apagar. Luego llegaron otras: Bebeto, Fran, Djalminha, Donato...

Era su momento de mayor auge político. Cuando acumulaba cargos profesionales, deportivos y de representación pública. Cuando decidió que no estaba de acuerdo con pagar la ORA, aparcó su vehículo para siempre y empezó a ser transportado por colaboradores o taxistas. Cuando el secretario xeral para o Deporte cerraba un acuerdo con el presidente del Liceo y posteriormente firmaba otro con el del Deportivo. Cuando el presidente de la Diputación de A Coruña y el del Dépor organizaban campus... Cuando se reunía orgulloso consigo mismo. Porque si a alguien ha admirado siempre Lendoiro es a sí mismo.

Con la Ley Bossman, el rivaldazo y el bum de las televisiones, Lendoiro modificó la receta que había llevado al Deportivo al éxito. Añadió riesgo y quitó coherencia. El resultado futbolístico fue bueno: una Liga, la Copa del Centenariazo y las semifinales de la Champions. Pero el económico dejaba en evidencia al gestor, que desde 1999 ya era profesional remunerado con el 1 % del presupuesto anual. «Conmigo, que no cuenten», había dicho años atrás sobre la posibilidad de ser profesional.

Los años dorados

Eran días de vino y rosas y de ocultar a la afición la realidad del club. Fueron años dorados, de largas veladas en El Manjar en los que, según testigos presenciales, la comida y el alcohol corrían tanto que le costaron al Deportivo cientos de miles de euros. Embriagado por los éxitos, el siglo XXI sería su perdición. De nuevo modificó la receta del éxito. Más riesgo aún y adiós cordura. Y añadió su toque mágico y secreto: encontró en el permanente impago a Hacienda la forma de financiar el club. Gracias a los numerosos impagos, los triunfos deportivos perduraron hasta mediados de la primera década pero el club empezó a desmembrarse. Creó empresas filiales en las que dar trabajo a sus hijos. Estos, a su vez, crearon otras sociedades que usando la infraestructura del club hacían competencia a las empresas del Dépor. Del club llegaron a cobrar, sobrinos, hijos políticos, su cuñado, hijos de directivos, familiares de amigos...

Las cuentas anuales (aprobadas por una delegación de acciones que con el tiempo se comprobaría que incluía hasta muertos) se parecían más a un cuadro de Miró que a un documento que reflejara la imagen de la sociedad. Metió al club en concurso de acreedores y se atrevió a firmar un convenio a espaldas de Hacienda, pero que le permite, de momento, evitar la pieza de calificación. Y hecho esto, se va, sin atreverse a presentarse a unas elecciones, con el Deportivo hundido económicamente y con un claro mensaje para su sucesor: «La fiesta hay que pagarla». Esa es la realidad.

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Lendoiro, el hombre que se reunía consigo mismo