El derbi que nadie quería. La fiesta del fútbol gallego transformada en un puro ejercicio de supervivencia que, en el mejor de los casos, solo servirá para alimentar la esperanza de seguir un año más en Primera. En el peor, ambos saldrán seriamente dañados. No importa el juego ni la imagen, solo el resultado y, algo menos esta vez, las heridas que se puedan infligir al vecino. Nada que ver con las citas del principios de siglo, cuando uno y otro disfrutaban de una posición que les ha acabado por pasar factura a ambos.
Celta y Deportivo hipotecaron su futuro y ahora sufren parte de sus consecuencias. El conjunto vigués, encorsetado por una economía de guerra que no le permite correr el más mínimo riesgo. El coruñés, lastrado por una ruinosa gestión que ha entregado la dirección técnica a intereses ajenos y cuyo incierto futuro está en manos de un concurso de acreedores.
Por eso, el próximo viernes, sobre el césped de Riazor, el juego es lo de menos. Se trata de ganar, de sumar tres puntos para no convertir cada partido en un duelo. En el fondo, un episodio más de una competición en la que la brecha entre ricos y pobres es ya insostenible. Así lo ha querido la Liga de Fútbol Profesional y su caprichosa eleccion de horarios. Al servicio de la televisión y cada vez más lejos de los aficionados.