O antes de ser padre, o antes de cumplir los 40. O antes de cerrar una etapa de tu vida y abrir otra
20 ago 2014 . Actualizado a las 14:27 h.Beberás, y vaya si beberás, de ese agua que juraste no beber. Porque aunque ahora te prometas a ti mismo que no, que ni aunque se alineen todos los planetas del universo pasarás por el altar, un buen día -vamos a ponernos tiernos- aparece alguien que hace temblar todos tus cimientos. Y todas tus convicciones empiezan a tartamudear. O, simplemente, se casa el primero de tus colegas. Y allá van todas las fichas del dominó. Tu horizonte más próximo se convierte en un apretado calendario de bodas, prebodas y despedidas de soltero; organizas tus vacaciones en función de estas mastodónticas fiestas que además de reclamar toda tu atención, despluman tu bolsillo, y, entonces, te paras, piensas, y empiezas a juguetear con la idea de ser tú el gran protagonista del bodorrio. Stop. Suelta el ancha. Los pies en el suelo. Coge aire. Que una vez que la idea se instala en tu cabeza, no hay forma humana de hacer que se esfume. Que eso sí que es una espinita y no antiguos amores.
Dar el «sí quiero» no significa cambiar. Pero, en la mayoría de los casos, implica un salto de página. Y algún que otro agobio -aunque a la hora de organizar la ceremonia, El Corte Inglés es todo un salvavidas-. La maduración envía el primer aviso, tu familia empieza a mirarte como un adulto, capaz de formar una familia, capaz de engendrar pequeños retoños de aquí en adelante, y la alianza en tu dedo anular marcará para siempre un antes y un después. Por eso, o porque vas a cumplir 30, o 40, o porque te acabas de enterar de que vas a ser padre (o porque sí), hay una serie de cosas que debería hacer antes de dejar atrás una etapa de tu vida y arrancar otra. Ahí van algunas:
-Duerme, duerme, duerme. Duerme mucho, levántate a las mil. Acurrúcate entre las sábanas. Acuéstate pronto, cuando aún estén empezando los programas nocturnos en la tele, no bajes del todo la persiana y deja que te despierte el sol por la mañana. Renueva la energía, la alegría. O quédate hasta la madrugada viendo sin pausa capítulos de buenas series, de películas antiguas, de obras maestras, sin preocuparte por el despertador. Porque luego el tiempo empezará a pesar. Sí, con «e».
-Sal de fiesta. Retoma costumbres universitarias y plántate en la calle un jueves, codéate con veinteañeros primerizos, rétalos a chupitos de tequila y cierra la discoteca de moda de tu ciudad. Refresca tu memoria y vive, de nuevo, un auténtico mañaneo, desayunando una hamburguesa, o un grasiento kebab acompañado de una espumosa y congelada cerveza, mientras a tu alrededor se acaban el primer café del día y juras que la canción que suena será la última. Diviértete varios días seguidos, como hacía tiempo que no lo hacías. Y baila. Súbete a la tarima. Como si nadie te estuviera mirando. Como si no hubiera un mañana.
-Y ten una resaca como Dios manda. Con pizzas a domicilio, tirado en el sofá, con películas malas, muy malas, tan malas como graciosas. Que te hagan llorar de la risa. Hasta que no puedas más, hasta que tengas agujetas en la barriga. Ten el móvil cerca para chequear mil y una veces las redes sociales (actualizar, actualizar, actualizar); con aspirinas, paracetamoles e ibuprofenos. Con amigos solidarios dispuestos a unirse a la postfiesta. Con monólogos de Youtube. Con siestas intermitentes.
-Cómprate el coche (o la moto) de tus sueños. Un biplaza. Un descapotable. Un deportivo que corra mucho. Porque luego, si vienen los niños, tendrás que resignarte y cambiarlo por uno familiar.
-Haz algo que no te atreverías a hacer nunca, como una sesión de fotos Boudoir. Ponte en manos de un profesional que inmortalice tu lado más sensual y guarda luego el álbum en un rincón del desván para hojearlo con el paso de los años. O regálaselo a tu pareja la noche de bodas.
-Aprende a cocinar. Que nunca es tarde si la dicha es buena. Enciérrate en la cocina, ponte la música a todo volumen y empieza con algo divertido, postres, entrantes, cocina creativa. Organiza cenas en casa para tus amigos y sorpréndeles con menús degustación acompañados de un buen vino.
-Viaja. Vete a todos los festivales programados para el verano. Coge la mochila y la tienda de campaña. Y, duerme, una vez más, a la intemperie. Haz el InterRail. Haz un Road Trip, sal de casa en tu coche, con tus amigos de toda la vida, con tu pareja, tú solo, sin rumbo fijo, sin saber dónde dormirás esa noche, sin saber cuántos días estarás fuera. Improvisa.
-Disfruta de la vida de soltero en el centro de la ciudad, de comer siempre fuera, de nunca cenar en casa, de las sesiones vermut non-stop, de los largos desayunos en alguna terraza, de que todos los camareros de tu barrio te llamen por tu nombre. Déjate la pasta en comer y beber. Sin más.
-Lee mucho, ahora que tienes tiempo, ahora que cuentas con largos y lentos ratos para estar contigo mismo. Ahora que todavía eres uno. Lee, de todo. Mejor si es algo bueno. Pero cualquier cosa es válida, cualquier cosa es mejor que no leer.
-Vive solo durante una temporada. Regodéate en ese limbo que se encuentra entre el hogar paterno y el hogar conyugal. Alquílate un apartamento de soltero con encanto, mejor con vistas al mar, mejor abuhardillado. Un lugar donde solo mandes tú. Un espacio donde la palabra compartir no exista. Un sitio sin ley.
-Ten una aventura con alguien mucho mayor que tú. O mucho menor.
-Practica algún deporte de riesgo. Tírate en paracaídas. Haz puenting. O simplemente, lánzate a hacer algo que siempre has querido, pero para lo que nunca has encontrado el momento. Aprende a hacer surf. A esquiar. Hazte un piercing. Un tatuaje.
-Y no hagas nada. Túmbate al sol. Deja tu mente en blanco, escucha tu respiración y date el placer de convertirte, un rato todos los días, en un auténtico parásito. Que la tempestad vendrá después.