Buenos Aires se queda sin siesta

Arturo Lezcano González BUENOS AIRES

TENDENCIAS

Argentina impone el «after-office», que traslada la marcha nocturna a la tarde.

15 jun 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

En la ciudad que nunca duerme, remedo sudamericano de Nueva York, existe una creciente población que también prescinde de la siesta. Son los amantes del after-office , esa tendencia que traslada la fiesta de la madrugada al horario de salida del trabajo. Surgió en EE. UU., pero en Argentina ha encontrado una aceptación sin par en los últimos cinco años, hasta trascender el efecto de la moda, también por razones mayores: desde la tragedia de la discoteca República de Cromañón, en la que murieron 195 personas en diciembre del 2004, la marcha de Buenos Aires se ha ido reinventando hasta utilizar la tarde para el esparcimiento. Siguiendo el principio biorrítmico y laboral, el día oficial del after office porteño es el miércoles. Entonces, los empleados de las firmas del centro financiero salen de sus trabajos y acuden a pubs y discotecas con premisas recurrentes: «Quitarse el estrés, tomar unos tragos y hablar con mujeres. No hay nada mejor que esto para hacer entre semana», dice José Ruiz, economista de 35 años. Hay after office de varios gustos. El bar irlandés con pop comercial, el resto-bar de cocina fusión y música tranquila, la discoteca metida en el centro histórico y hasta la nueva propuesta de un colectivo cultural, que ofrece fiestas en la boite sesentera de un hotel. Pero el after office por excelencia es el de Opera Bay, un gigantesco complejo hostelero que imita a la Opera House de Sídney. El escenario podría servir de decorado para una película de Hollywood. Un fondo de rascacielos, con cientos de ejecutivos embutidos en sus trajes, tomando copas a la vera del Puerto Madero, una de las postales del Buenos Aires postmenemista. «A mí no me gustan muchas cosas que se ven y se escuchan aquí, hay mucha careta, pero vale la pena», asesta Rodolfo Quintana, abogado metido en la treintena. Infidelidades A las siete de la tarde empieza la procesión hacia Ópera. No hay rastro de vaqueros ni de zapatillas deportivas: sólo trajes de chaqueta y mucho perfume. Dentro esperan cuatro pistas de baile (música electrónica y de los ochenta), otras tantas barras, restaurante y, por supuesto, happy hour, otro de los éxitos de la propuesta. A partir de ahí, y a corbata quitada, empieza el juego preferido de los porteños, el flirteo. Un reciente estudio de una universidad porteña habla de un 55% de infidelidad masculina y un 35% femenina dentro del after office . «A mí me sorprende la cantidad de gente que dice estar casada y se ofrece con todo. Claro, salen de trabajar a las seis de la tarde y a las once ya pueden estar en casa sin que nadie se entere», asegura Valentina Paglia, empleada de oficina. El público de la fiesta vespertina acude puntual a este algodón de azúcar en medio de la jungla porteña. Y al día siguiente, a trabajar.