Cerrar sesión en una cuenta compartida se había convertido en el último signo de una debacle sin retorno. Hasta ahora uno podía mudarse de casa, cambiar de pareja y vivir lejos de sus amigos sin perder ese último gasto compartido en aras del bien común. Pero Netflix ya no quiere usuarios trashumantes. La plataforma que había proclamado a los cuatro vientos que el amor es compartir contraseña ha esperado a las vísperas de San Valentín para recordarnos que su cariño era efímero. Esta semana ha empezado a hacer limpieza de clientes nómadas obligándolos a sentar cabeza y censarse en una vivienda estable para que solo quienes viven bajo un mismo techo puedan usar la misma cuenta.
La plataforma a la que Elon Musk acusó de ser demasiado transgresora se acoge ahora a la seguridad de un hogar tradicional. Pero también en esos hogares la vida es compleja y encaja mal en un molde fijo. En España las familias numerosas escasean y dentro de quince años una de cada ocho personas vivirá sola, así que sus planes premium para cuatro dispositivos parecen perder su razón de ser. Netflix es consciente de que perderá clientes y que muchos han abierto la calculadora para hacer números con ese gasto dedicado al streaming que parecía residual. También sabe que si esto le sale bien otras plataformas irán detrás.