No puedo evitar quedarme perpleja por el caso de José Antonio Avilés, uno de los fichajes de Viva la vida y que en su currículo troleiro se recogen hechos tan vergonzosos como haberse inventado que obtuvo el título de Periodismo por la Universidad de Gales o que había heredado 19 millones de euros. Luego llegó el feo caso de unos cheques sin fondo a empresarios de moda y varias bolas más sobre supuestos amores con famosos, entre ellos Jorge Javier Vázquez. Después de varias sesiones de arrepentimiento, llanto y de entonar el mea culpa, resulta que ni él ni quienes lo contratan han aprendido nada. Uno, por no ser consciente de la gran oportunidad que está perdiendo y los otros, por darle voz a un (no) periodista que no tiene otro mérito que contar trolas y embustes a diestro y siniestro. Pero sus patrañas no acaban aquí. Ahora resulta que fue contando que Netflix le ofreció hacer de narco en la conocida serie de Élite, algo que la propia plataforma se apresuró a negar. En algo tenía razón en cuanto al papel, porque él mismo se definió como un «drogadicto de la mentira». Y también, según su ex, se atribuye ser el creador de Rocío, contar la verdad para seguir viva, aunque esto último ya no hay quien se lo crea. Porque eso es lo que está en juego. La falta de credibilidad y el daño que se hace a la profesión. ¿Se imaginan que un policía robe y siga en activo? ¿O que un falso médico se cuele en una sala quirúrgica? ¿Por qué, entonces, un profesional de la mentira sigue trabajando en un oficio en el que solo se debe contar la verdad?