Alas para volar


Una pareja de pájaros ha anidado en el árbol que veo al otro lado del cristal cuando levanto la vista de la pantalla, que en esta cuarentena está siendo la tabla de salvación a la que me agarro para no pensar en que esta febrícula que no quiere irse del todo, en todos los días que llevo sin ver a mi familia y en que a pesar de todo, nunca sabré en si el bicho también me ha cazado. Hoy, dos vecinas charlaban vano con vano, como nos impone este exilio forzado, y sus voces chillonas y su risa brillante desparramándose por la ropa tendida me han reconfortado tanto... No sabía que vivía tanta vida en todas esas ventanas en las que ni me fijaba cuando llegaba a casa exhausta del trabajo. Estos días, entre página y página, leo todo lo que me cae en las manos que no hable de virología, ni confinamiento, ni cuidados intensivos ni material sanitario. Y hago listas de todas las películas que no podía ver cuando llegaba tan cansada a casa que a los cinco minutos tenía los ojos cerrados. En esta batalla colectiva he decidido ser soldado. Y mi fusil son estas palabras que disparo en el papel con tan poco cuidado. Por eso no escribo ni de pandemias, ni de síntomas, ni de que los supermercados están desbordados. Soy parte de un periodismo que en la retaguardia recuerda que la vida, a pesar de todo, sigue avanzando. Aquí estamos, tejiendo alas para que ustedes vuelen lejos por un rato. Como cuando miro a esos dos pajarillos criando.

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