Escándalo a las diez


«Llevo tres años en Washington y este es mi primer escándalo», aseguraba en el Washington Post uno de los cientos de personas que en la mañana del pasado jueves se ausentaron de sus puestos para ver en directo y en la pantalla grande de un bar la comparecencia de James Comey. La llamada Superbowl de Washington congregó en los abrevaderos de la capital norteamericana a numerosos grupos de ciudadanos que decidieron que ese día no había nada más importante en sus agendas que ser testigos de cómo un exdirector del FBI cantaba sus verdades sobre el presidente de Estados Unidos. Un hito televisivo como la llegada del hombre a la Luna.

Algunos pidieron el día libre para seguirlo concentrados desde su sofá; otros trasladaron su portátil a la mesa del café para poder trabajar mientras en televisión se escribía una pequeña parte de la historia. El ambiente festivo animaba a ver la retransmisión en grupo y comentar la jugada en directo a la antigua usanza, como en los años previos a las redes sociales. El espectáculo político llevado a sus últimas consecuencias, una ceremonia escenificada en las tabernas con humor, banderolas y brebajes creados para la ocasión, desde el cóctel «covfefe» al desayuno especial FBI. No hay como el calor de una disputa política televisada en un bar.

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