Ni ruletas, ni gambetas ni lambrettas, la final de la Champions nos ha dejado otra nueva modalidad de fútbol espectáculo muy alejada del jogo bonito conocido. Y no solo porque Carrasco llevado por la emoción nos regalase en el minuto 79, después del gol del empate, ese beso apasionado a su novia. Que no sé lo que le diría El Cholo, pero desde fuera esa explosión fogosa dio la vergüenza suficiente como para quedarse paralizado frente a la televisión, a falta de tener ganado el partido. Porque otra cosa no, pero fue darle el pitido final el árbitro (el mejor sin duda del partido) y lo que hemos visto desde entonces da para organizar la Cibeles Fashion Week y unas buenas Olimpiadas. Que si las de Madrid estaban gafadas, el equipo blanco ya le ha dado salida a toda esa estructura.
La celebración del Real Madrid fue un derroche de artificios que para sí quisieran ahora los brasileños, con más fuegos que los que hay aquí en San Juan, y con un despliegue de medios que no se hacen de hoy para mañana. El fútbol que se lleva ahora es ese, con todo el show posible, tan a la americana que asusta: los jugadores desfilando como modelos abanderando pasarelas nada improvisadas, niños correteando por el césped, PilaresRubio besándose con mucho amor y gritos cavernícolas para ponerle música a un fin de fiesta que dio todo de sí. Tanto que el público disfrutó a lo bestia, como en un auténtico circo.