Teledemocracia

Beatriz Pallas ENCADENADOS

TELEVISIÓN

Cree Frank Underwood que la democracia está sobrevalorada. Qué diría entonces este político sin piedad acerca de la nubosa teledemocracia, ese recurso comercial con el que concursos y realities sugestionan al público para imprimirse una pátina de sufragio universal a cobro revertido.

El televoto de pago, que el sábado provocó una convulsión en el ránking del festival de Eurovisión, puso de manifiesto el divorcio entre los jurados profesionales y la presunta representatividad popular, dando por hecho que eso es algo mensurable a golpe de SMS premium. No es impensable creer que más pronto o más tarde acabaremos votando en las auténticas elecciones desde el móvil o el ordenador, pero esta interactividad televisiva se parece más a un sondeo casero entre donantes voluntarios elevado a dogma de fe.

Este año Eurovisión le dio a esta medida un especial protagonismo, con el que logró los dos fines que perseguía: uno, el ingreso extra que supone el recargo de los mensajes; otro, mantener la intriga hasta el último minuto. Lo hizo a costa de cargarse la mejor parte del festival, que desde siempre ha sido esa letanía bilingüe con la que se aprendían nombres de países impronunciables y se ensayaba la cuenta de uno a doce en inglés y francés. La menguante cantinela quedó este año reducida al twelve points, douze points, un anticlímax para un espectáculo que si en algo se sostiene es en su carácter ritual.