Desde que entramos en este mundo interactivo en streaming, con tanta gente diciendo al segundo lo que le gusta y lo que no, lo que debería ser y lo que no, la televisión se ha convertido en un puzle complicado. Tan difícil de encajar que hasta los productores de las series, y en consecuencia, los equipos que las realizan, acaban enfrascados en el rodaje de varios finales para no satisfacer a nadie. Porque a esa conclusión se llega después de ver el caso de El Príncipe. Anunciar que tenía cuatro finales solo ha conducido al «pues yo creo que..», es decir, a un desahogo de corrillo que está bien como ejercicio de expresión y punto. Abrirse al abanico de expectativas conduce al público al desencanto del condicional. Solo hay que imaginarse en otra época para entender cómo hubiese cambiado nuestra infancia si la tele de entonces funcionase así. Pongamos el caso de Verano azul, y que Mercero nos hubiera contado en tiempo real que tenía varios finales, de esta manera el público se hubiera encontrado con algo sorprendente, tal vez ¡Chanquete vive! O lo que es peor ¡Chanquete ha muerto! En los tiempos que corren nos hubiéramos vuelto locos twitteando un desenlace horrible para una serie familiar, un mar de lágrimas para un verano maravilloso, qué desastre, qué despropósito.... Afortunadamente en 1981 vivíamos en el spoiler y se titulaba así en prensa: «Chanquete muere mañana».