Entre los misterios de la televisión está el de éxitos que en principio como espectador uno no se espera. Si hace diez años nos hubieran hecho una quiniela sobre qué formatos estarían vivos y triunfando con continuidad a día de hoy no creo que muchos hubiesen enfocado su apuesta a un programa como La ruleta de la fortuna. Pero ahí está, una década después, sorprendiendo cada mediodía con sus datos de audiencia sin más complicaciones, a priori, que cambiar un panel en ese juego sencillo de ir dando letras para resolver la frase. Mérito desde luego es que a un presentador como Jorge Fernández no se le haya ido la pinza después de tantos años y tenga ilusión todavía por darle ánimo al panel en lugar de huir corriendo. Esa capacidad de salir diariamente de lunes a viernes con una sonrisa inagotable como si no hubiera un mañana, y a la mañana siguiente volver a salir para darle vueltas a la ruleta tiene como recompensa, desde luego, un público fiel. Que no sabemos cuál es, pero que existe sin ningún género de dudas, vista la ininterrumpida mecánica del programa para sobresalir en la parrilla matutina con acierto. Hay espectadores que eligen la rutina de no sentarse a comer sin haber visto el concurso y resolver el acertijo como cualquier otro crucigrama, con la perseverancia disciplinada que lleva siempre al mismo día. Hay concursos, como La Ruleta, que nacen con suerte.